Hablando en platea
‘Trau' es sinónimo de poesía CRÓNICA 22/04/2018
Decía Guillem Albà ayer sábado, mientras se despedía en la puerta del Teatro Juan Bravo de la Diputación de las personas que habían asistido a ver ‘Trau', que su compañía, amante del teatro artesanal y de los viajes de largo recorrido, cuenta con otro espectáculo "más poético" que el que tuvieron ocasión de ver los segovianos. Y créanlo, la hazaña parece harto complicada cuando se da cuerda al reloj hacia atrás y se repasan 65 minutos, 3.900 segundos, de instantes repletos de versos en forma de gestos, de melodías, de objetos y de reflexiones. Quien suscribe desconoce si existe una traducción del catalán para ‘Trau', pero si la hay tiene que ser, debe de ser, un sinónimo de ‘poesía'.
Acababan de abrir las puertas del Teatro y de fondo ya se escuchaba una música suave, de espectáculo delicado; de esas que invitan a sentarse en una butaca y esperar con sonrisa de niño ilusionado que llegue el momento en que la música cese y suceda algo. Alguien. Que llegue la sorpresa. Y ésta, en el caso de ‘Trau', era un narrador que, poniendo cuerpo a esas voces en off que salen en las películas explicando qué es lo que le gusta y lo que no le gusta al protagonista, comenzaba por presentar a Trau, un ser de cabeza ahuevada, nariz y orejas grandes, vestimenta curiosa y zapatos gigantes. La poesía ya había entonado sus primeros versos gracias a los primeros destellos conocidos de la escenografía creada por Alfred Casas; un reloj que daba inicio a una cuenta atrás o una caja de mandos desde la que el narrador daba luz y notas a la historia. Algo que se iba a quedar en nada, momentos después de que Trau cantase las primeras estrofas de una canción en la que el público iba a conocer en primera persona qué eran esas bolsas que colgaban del techo de la vivienda del protagonista y qué hacía éste con ellas cada vez que deseaba volver al pasado; un pasado tan feliz como inacabado. Después de esta canción, el silencio; hecho, una vez más, poesía.
Trau, Guillem Albà, se entregaba entonces a una mímica explícita, de las que lo narran absolutamente todo sin más necesidad que la expresión corporal y las onomatopeyas, los ruidos, el poder de los ojos. El público a veces sonreía y otras veces elegía la carcajada para entender la ternura que el personaje ideado por la compañía catalana les había puesto enfrente; un personaje al que iba a dar aún más sentido la transformación del narrador de la historia en su único amigo. El último que le quedaba. Para ese momento, la belleza de las melodías compuestas por Anna Roig, recordando a la música mágica de las películas francesas, y de la escenografía diseñada por Alfred Casas ya estaba fuera de dudas; cachivaches que emulaban la consulta del médico, armarios que se abrían transformándose en máquinas del tiempo, sofás de los que brotaban artilugios… Poesía.
Con Trau y su amigo ya sobre el escenario, el teatro de sombras también aparecía en escena, y para completar el soneto perfecto, sobre las tablas del Juan Bravo sucedía la reflexión; la tristeza cosida a la alegría embolsada del protagonista. Explicar cómo resuelve esa rima Trau sería dar por acabada esta crónica; así que quizás, lo mejor es que estas letras también sean atrapadas por una sábana blanca y que quien quiera conocer la historia de ‘Trau' a fondo se acerque hasta un escenario para comprobar que hay montajes que son mucho más que teatro; son auténtica poesía.
Noche de pasión y nostalgia con Mariola CRÓNICA 21/04/2018
Mariola; nombre imponente, con personalidad, fuerte y con aires de recuerdo. Podría serlo de tango, como Malena. Pero teniendo en cuenta lo escuchado ayer en el Teatro Juan Bravo de la Diputación en boca de Mariola Membrives, en realidad puede serlo de lo que quiera; de bolero, de copla, de ranchera, de canción de autor o de fado. Da igual. Sus letras tienen rima, aureola, y convertidas al jazz dejan a Mariola en un lugar privilegiado. Vestida de rojo. Apostándolo todo a la pasión, que es sustantivo de vehemencia, de dominio y también, sabiéndola llevar, de elegancia.
Porque elegante fue un rato Mariola Membrives; en concreto una hora y veinte minutos, que fue lo que duró el concierto, enmarcado en el ciclo ‘El mejor jazz, soul y blues'; desde el primer ‘Barro tal vez' de Luis Alberto Spinetta, en el que Mariola no fue traidora porque avisó de que ya se iba haciendo más música que canción, hasta la última palabra del mismo autor en ‘Muchacha (ojos de papel)' con la que Mariola, animada por su saxofonista, Gorka Benítez, puso fin al recital.
Sentada en todo momento sobre una pequeña silla situada en el centro del escenario, de la que sólo se elevaba ligeramente, apoyándose en un brazo mientras sujetaba el micrófono con la mano del otro, en determinados momentos de locura y rabia de algunas canciones, Mariola Membrives llevó al Teatro Juan Bravo por un paseo que, si se cerraban los ojos, el espectador se podía imaginar en medio de una película de Woody Allen, por la noche, reflexionando sobre lo estúpido que es el amor a veces… y otras veces también la vida. Nostalgia, recuerdo, dolor y corazón se agarraban a la garganta de Mariola e incluso brotaban de sus ojos, con una luz roja sobre ellos, convirtiéndose en lágrimas, en algunas de las sentencias de las verdades de Consuelo Velázquez, José Alfredo Jiménez o Joan Manuel Serrat, mientras la cantante miraba de reojo a Jordi Bonell, sentado a su izquierda, abrazando a la guitarra, o sonreía al ver los brazos de plastilina de Gorka Benítez saltando de nota a nota del saxo.
Benítez, el único que permaneció de pie durante el concierto, además, se animó a tocar la flauta en algún tema, poniéndose de puntillas de vez en cuando para alcanzar los compases más agudos, y acompañó a las palmas a Mariola cuando el paseo, en canciones como en la que Mariola versionó a Javier Ruibal, atravesaba por melodías que llevaban a calles de bullicio y personas de viernes por la tarde. La voz de Mariola, quien agradecía entre tema y tema el silencio del público y sus aplausos, a veces se hacía confesión y otros lamento, bajando y subiendo a su antojo mientras Jordi Bonell aprovechaba las pausas dentro de la misma melodía para cambiar la cejilla de traste.
Después de recordar la copla de Carlos Cano con ‘Antonio Vargas Heredia', hubo incluso alguna persona entre el público que dejó saltar del patio de butacas al escenario un "olé" y quien, en la intimidad y la cercanía que ofrecía el concierto y los artistas, apuntó un "nos has emocionado". Mariola terminó su actuación, antes de volver a Spinetta en los bises, entre poemas cantados de Jorge Amado en portugués, la niñez de ‘Chiquilín de Bachín' y el ‘Dance me to the end of love' de Cohen de una forma aflamencada. La noche, el paseo con sus cuerdas vocales como sandalias, había sido de pasión y de nostalgia. Y cantar su nombre, Mariola, será a partir de ahora, un tango, un bolero o una ranchera, sencillos de recordar.
‘Electra', mitología a cucharadas de carcajadas CRÓNICA 15/04/2018
Directa. Sencilla. Aplastante. Básica. Concluyente. Rápida. Limpia. Electrizante, en honor a su nombre. Así es la ‘Electra' que Companhia do Chapitô representó ayer sábado sobre las tablas del Teatro Juan Bravo de la Diputación; sin fisuras ni miramientos, sin rodeos ni antecedentes. Quienes asistieron al auditorio regresaron a casa con una lección de mitología griega en la memoria que difícilmente será olvidada.
En su ‘Electra', la Companhia do Chapitô utiliza sus mejores armas; su sentido del humor y su fortaleza interpretativa corporal. El texto, a pesar de lo que posiblemente pensaron los espectadores al adquirir su entrada sí estaba presente a lo largo de toda la obra, pero de una manera tan básica, con unas expresiones tan sencillas, que entregaba todo su poder a las sentencias contundentes y los gestos faciales y corporales. Éstos, es preciso decirlo y subrayarlo, se veían en todo momento complementados por la elasticidad de decenas de cucharas, de cientos de cucharas, que tan pronto ejercían de flor, como de cuchillo.
Así, quien inventó el término ‘tragicomedia' se quedó corto para describir la manera de trabajar de la compañía lusa, que a base de frases tan cortas como llenas de sarcasmo fue troceando la tragedia de la familia de Agamenón, llena de infidelidades, de venganzas, de sacrificios, de caprichos de los dioses y de sangre derramada, hasta hacerla pedacitos para convertirla en una comedia en la que Historia se aprende de forma fácil y práctica; a cucharada y carcajada limpia.
En medio de todas las muertes y las batallas que rodean a la historia de la familia del rey de Micenas, el público encadenaba de manera irremediable una carcajada limpia y seca tras otra. Y es que resultaba imposible no hacerlo, al contemplar diálogos como el del propio Agamenón y su hija Ifigenia, a quien había sacrificado a los dioses años antes a cambio de viento favorable para ir a la guerra, en sus respectivas tumbas, o al observar cómo la escena se transformaba con un rápido cambio de luces, de la guerra de Troya en la que combatía Agamenón a la pasión infiel de su esposa con el primo de su marido, Egisto. Sin desestimar, por ejemplo, el momento en el que Electra le pregunta a su tío si sabe qué plato se sirve frío; "la ensalada griega", contesta con rotundidad Egisto.
La misma rotundidad con la que los espectadores del Teatro Juan Bravo aplaudieron una obra fresca. Inteligente. Hilarante. Reveladora. Elocuente. Resuelta en apenas una hora. De esas que quizás, si fuesen mostradas a un público adolescente, lograrían captar su atención y su interés por lo que los libros de Historia explican de forma densa, trágica y dramática; a cuchillazos en vez de a cucharadas.
Pasajeros al blues CRÓNICA 14/04/2018
La noche de ayer viernes en el Teatro Juan Bravo de la Diputación comenzaba con una cuestión seria. Seria y con chaleco. "¿Queréis subir al tren del blues?", preguntaba al público Jorge Otero ‘Jafo', bajista y, sin embargo, alto líder de Blues Train. El público, que prácticamente llenaba el patio de butacas, respondía con efusividad que sí, que por supuesto; para eso habían comprado una entrada para el primero de los conciertos del ciclo ‘El mejor jazz, soul y blues', que continuará con los recitales de Mariola Membrives el próximo viernes 20 de abril y de Clarence Bekker el 27. Anoche tocaba el blues y los pasajeros se dejaron llevar por un sonido de luces tenues y rojizas, humo, velas y crujir de hielos en un vaso ‘old fashioned'. Aunque faltaba el atrezzo, las butacas del Teatro no lo echaron de menos.
El viaje, que fue menos movido que el que había propuesto el huracán Parker hace unas semanas, siguió permitiendo a las piernas seguir el compás, a las manos ejercer de baquetas y a las cabezas pendular de un lado a otro no perdiendo de vista el ritmo. Lo hizo de una forma calmada, tranquila, con esos sobresaltos que permite el blues de vez en cuando y que comienzan con la repetición reiterada de un punteo y rompen a llover arpegios en un momento dado, con el latir de todos los instrumentos a la vez. Como si una nota se hubiese quedado colgada, pidiendo ayuda, y todos los intérpretes fuesen al unísono a rescatarla. Así sonaron los Blues Train en la noche de ayer viernes; como un viaje tranquilo en el que por instantes el maquinista gana velocidad y los pasajeros botan ligeramente en sus asientos.
La noche comenzó, tras la pregunta seria y de rigor, con los cuatro músicos artífices de este proyecto sobre los raíles del escenario. Paul San Martín sentado en su teclado a la izquierda, seguido por Alberto Cosgaya con la guitarra, en el centro Carlos Malles a la batería y a la derecha, con un micrófono para ejercer de guía, al bajista Jafo. El hilo musical comenzaba y pronto el tren, como si fuese, en realidad, una máquina de teletransporte, traslasaba a los espectadores a Chicago. Ya no habría manera de moverlos de allí.
Mingo Balaguer, con zapatos de swing blancos y negros, pantalón y camisa negra y tirantes salía al escenario y se colgaba del cuello el cable para electrificar sus armónicas. Lo que sucedía después era algo que el Teatro Juan Bravo no había vivido, al menos en los últimos años: una demostración práctica de todos los sonidos que puede alcanzar ese instrumento. Si los solos de saxo suelen dejar bocas abiertas y ceños fruncidos de concentración, lo que logró Mingo Balaguer, inflando y desinflando sus carrillos, superó toda capacidad de sorpresa. Segovia se habría quedado toda la noche escuchándole y viéndole sostener su peso sobre el pie izquierdo y después sobre el derecho, sobre el izquierdo y sobre el derecho, sobre el izquierdo… Sólo por ver el paisaje que ofrecía Balaguer, quien alternaba los sonidos de su armónica con los de su voz, el precio del billete del viaje habría merecido la pena.
Tres temas después de haber comenzado, salía al escenario el otro ‘primer maquinista' de este tren con rumbo a melodías de Sony Boy Williamson o Willie Dixon. Alex Caporuscio, de apariencia más tranquila que Balaguer, retrasaba el protagonismo de Cosgaya a la guitarra y se hacía dueño del volante de punteos, pareciendo más un comandante de vuelo de dedos. Caporuscio, al igual que Balaguer, ponía voz al paisaje y junto al resto de los Blues Train terminaban llevando, durante cerca de una hora y media, a los pasajeros del Teatro Juan Bravo por los locales más airosos de la ciudad del viento.
Invitación al amor al flamenco CRÓNICA 07/04/2018
Muchos coinciden en que lo verdaderamente bonito del amor son los principios; el corazón indomable en el encuentro, la iniciación en el descubrimiento, los pasos medidos o el baile lento de las pupilas. Jesús Carmona eligió ayer estrenar ‘Amator' en el Teatro Juan Bravo, un feudo que, sin amar el flamenco, se deja cortejar de vez en cuando como lo hizo ayer o como lo hizo hace un par de meses con Sara Baras. Como lo hará hoy, con toda seguridad, con el público que acuda a ver, a partir de las 20:30 horas, la segunda función de Carmona en Segovia. 
Son emocionantes esas ocasiones en las que los espectadores segovianos, más fríos en el arte de amar que los del sur, así como en la medida de los compases de conquista palma a palma, se dejan enamorar por un taconeo o un cante jondo. Sin que nada tenga que ver con la primavera, del patio de butacas florecen olé's y, cuando la seducción llega a sus minutos finales, ya es difícil imaginar que alguien no trate de llevar las palmas, aunque sea con disimulo, tocando con golpecitos débiles su muslo. En la tarde de ayer, además, ayudaron a crear ambiente algunos familiares y amigos de Carmona y compañía, quienes, al igual que la directora artística de ‘AmatØr', Rafaela Carrasco, se encontraban en el patio de butacas para dejar escapar ánimos y bravos al bailaor y a su póker de ases: Juan José Amador, Jonathan ‘Niño' Reyes y Jesús Corbacho en el cante, y Juan Requena a la guitarra. Y hablamos de ases porque lo cierto es que, al igual que un olor o una sonrisa pueden ser elementos imprescindibles a la hora de ganar una mano agarrada, los cuatro músicos resultaron innegociables para la seducción de Jesús Carmona. 
De repente, el Teatro Juan Bravo se convirtió en un tablao flamenco en el que Carmona empeñó pasos, puntillas descalzas, jaleos de brazos o silencios para encontrar el amor del público por el flamenco en el pliegue de una chaqueta o en el frío de unas piernas cruzadas. Invitó a diez espectadores elegidos al azar a acompañarlos sobre el escenario y dio comienzo a un cortejo en el que hasta la arena y las piedras hacían música para que Carmona bailase.
"Parecía que volaba" comentaban algunos al salir. Y era verdad que el bailaor, a veces sobre una alfombra de césped, con su suave y delicado movimiento de manos en algunos momentos, parecía reflejar esa sensación de vivir flotando que envuelve a algunos amantes. Otras veces, Carmona parecía invitar a una danza lenta a su sombra, reflejada sobre el suelo y las bambalinas, casi siempre acompañada de la guitarra de Requena y de una ?o de las tres? de las voces gitanas que iban despertando, poco a poco, la pasión sobre las tablas del Juan Bravo, hasta pasar a un estado de zapateos desatados y brazos girando a tal velocidad y con tal precisión, que parecían formar círculos en el escenario. Jesús Carmona, quien en las veces impares preguntaba al público para que fuese éste quien llevase el diálogo musical por un género u otro, hacía gala de sus conocimientos sobre los bailes que mueven el mundo y les ponía acento del sur como quien va revelando, secreto a secreto, sus conocimientos musicales, literarios o incluso científicos. 
La matemática del amor no fallaba y a los diez invitados sobre el escenario ya no parecía importarles que, en cada danza agitada, el bailaor repartiese agua desde su pelo como un aspersor, que caía sobre los rostros como rocío. En ellos, por el contrario, se perfilaba esa sonrisa del que se sabe atrapado, ligado, conquistado, seducido, fascinado por un arte que sigue sin comprender bien, pero que le desata algún tipo de locura por dentro y le llena de aplausos, de vítores y de ganas de más.
Lorca correspondido CRÓNICA 24/03/2018
"No leas mis cartas a nadie, pues carta leída, intimidad perdida", escribía Federico García Lorca en una de las múltiples misivas que envió a lo largo de su vida a familiares, conocidos, amigos y amantes. Y pese a todo, ayer más de trescientas personas escuchaban atentas en el Teatro Juan Bravo de la Diputación lo que muchas de aquellas cartas contaban, gracias a la maravillosa interpretación de la actriz segoviana Gema Matarranz y al no menos fabuloso Alejandro Vera en la obra ‘Lorca, la correspondencia personal'. Que les indulte Federico, allá donde quiera que esté, porque difícilmente verá correspondida su sinceridad al expresarse sobre el papel, con tanta verdad como la de los actores de Histrión Teatro sobre el escenario.
Ambos consiguieron desde el primer momento, desde su salida vertiginosa entre el patio de butacas, atrapar la respiración del público. Rápidos, intensos, ágiles en sus movimientos y en sus palabras, verticales en los versos, consiguiendo que ya en los primeros instantes de la función el público se preguntase cómo es posible retener tanta pasión como la que guardan los textos de Federico García Lorca y transmitirla con tanta humanidad y tanta poesía como lo hicieron Alejandro Vera y Gema Matarranz. Mérito aparte también para Juan Carlos Rubio, dramaturgo y director de un puzle en el que no hay sentimiento que no encaje; del entusiasmo a la culpa.
No es sencillo tomarle la voz a la palabra de García Lorca ni es fácil tampoco dotarla de tempo y de gestualidad, de emoción y de silencio. Y sin embargo, en ‘Lorca, la correspondencia personal' ambos intérpretes no sólo lo consiguen con sus poemas, también lo hacen con sus cartas, con sus reflexiones antes de morir fusilado e incluso con sus respuestas a las entrevistas. Si Gema adquiría la personalidad del poeta granadino en un momento dado, Alejandro se convertía en el histrionismo de Dalí al instante; si Alejandro recitaba una de las muchas poesías de Lorca, Gema respondía declamando desde el saludo hasta la despedida una de las numerosas cartas que el escritor envió a sus padres. 
Desde Madrid, desde Nueva York o desde cualquier espera, ambos intérpretes conseguían convertir cada palabra en ritmo, en desgracia, en bocanada o en esperanza, esperando, con ello, conmover a un público que no sólo quedó impactado por la fuerza o la fragilidad de las palabras en los labios de Gema Matarranz y Alejandro Vera, sino también por la delicadeza escénica; esa misma que convirtió en apenas dos minutos un espacio lorquiano en una cárcel de la memoria. Una pared con trampa; llena de archivadores por donde se escapaban los recuerdos en forma de manzanas o de olas, y al que de pronto acompañaba un único foco o la ráfaga de una linterna. Todo dependiendo del momento, de la luz o la oscuridad que aquellos instantes hubiesen reflejado en la vida del poeta. Igual que el vestuario; pasando de la sombra a la luminosidad.
Al terminar, parte del público se puso en pie para corresponder la ciclogénesis de sentimientos que había provocado en ellos la pieza y, en especial, la actuación de Gema Matarranz. Poesía tiene que ser interpretar las palabras de Lorca en el teatro más importante de tu ciudad. Poesía tiene que ser que ese mismo teatro se llene prácticamente para verte. Poesía tiene que ser que la fuerza de unas palmas retorne la fuerza del texto. Abran las puertas del Teatro, abran las puertas del Teatro, que la ovación ya llena hasta el último hueco. 
A Maceo, con amor CRÓNICA 19/03/2018
A Maceo Parker, el medio millar de espectadores que ayer llenaron por tercera noche consecutiva, en un fin de semana para la memoria, el Teatro Juan Bravo de la Diputación, le dirían, le diríamos, con amor, que, en primer lugar, nos hizo sentir esa palabra en una manera en la que muchas veces la hemos conocido, pero quizás no en esa dimensión; no en esa altura, no con esa solidez. Hay que amar mucho la música para, a los 75 años y después de haber hecho el amor con ella en todas las posturas posibles, seguir girando alrededor del mundo con una banda, acostándose con una ciudad y prácticamente despertándose con otra, para, en un momento dado de la noche, subir a un escenario y desprender esa electricidad desde el primero hasta el último de los acordes.
‘Amor' es a menudo una palabra denostada, a ratos desgastada y a instantes excesivamente atrevida. Sin embargo, ayer Maceo Parker, después de empezar por el final, presentando a su banda músico a músico gracias a una intervención muy ‘a la americana' por parte de una señora con zapatos y tocado floreados, demostró que todo, absolutamente todo lo que importa en esta vida, es cuestión de amor. Qué importa levantarse pronto con dolor de huesos por la mañana si por la noche el funk te besa desde los pies a la boca y te puedes marcar un baile casi robótico, limitado por la edad pero no por el ritmo. Qué importa meterse en una furgoneta para viajar de una ciudad a otra del mapa, si al salir y subir a un escenario, el sonido de tu saxofón va a hacer volar de una nota a otra a centenares de personas que celebran que, tan grande como eres, te hayas acercado hasta una ciudad tan pequeña como Segovia para hacerles entender que tienes que ‘Love the one you're with' (‘Amar a aquel/lla con quien estás') y ‘Make it funky' (‘Hacerlo funky') ,o para recordarles que existieron músicos maravillosos como Marvin Gaye, Prince, Ben E. King, James Brown o, cómo no, un imprescindible en la memoria y las influencias de Parker, Ray Charles, que hacen que cada día y cada noche amar la música sea una necesidad básica. Como lo es comer, dormir o, mismamente, amar.
El medio millar de espectadores que ayer eligieron disfrutar de la oportunidad de escuchar a Maceo Parker en directo, fueron privilegiados testigos de diálogos puntiagudos entre el saxofón de Maceo y el trombón de Dennis Rollins, afortunados observadores de algo que a menudo se ve sobre los trastes de una guitarra, pero no sobre la madera de un bajo de seis cuerdas, las carreras de dedos de Rodney Skeet Curtis, o dichosos espectadores de un dueto voz-flauta con su prima y de la interpretación funky de una melodía de jazz. "Ustedes están ahí sentados como si estuviesen en un concierto de jazz, pero nosotros no hacemos jazz, nosotros hacemos funky. Aún así, vamos a hacer una rápida interpretación de un tema de jazz… a nuestro ritmo", anticipaba Maceo Parker con esa sonrisa burlona que hizo reír al público desde su primera aparición. Por no hablar de sus pasitos de baile…
Prácticamente entre tema y tema, Parker hablaba con un acento afroamericano de Carolina del Norte tan difícil de cazar como sus dedos sobre el cuerpo del saxofón, pero que a veces por entenderse, y otras por deducirse, provocaba que los aplausos ejerciesen un efecto dominó entre los espectadores. Éstos, cuya gran mayoría admiró y amó el concierto brindado por Maceo desde el asiento pero sin cesar en el movimiento de cuello para adelante y para atrás, de manos sobre los muslos como si fuesen las cajas de una batería o de pies inquietos marcando el compás, fueron incapaces de resistir en los últimos temas y acabaron de pie, moviendo la cadera y dando las palmas que Maceo Parker les pedía. Haciéndolo funky y repitiendo, espontáneos "¡Viva la madre que te parió!" y requeridos "I love you" desde el escenario. Pues eso; que viva Novella Parker y que viva el amor por la música.
‘Irreverendo' Albert CRÓNICA 17/03/2018
Hay que estar muy loco o ser muy genio para cuestionar muchos de los dogmas, mitos o juicios establecidos por la sociedad. Atreverse a decir, por ejemplo, que un cuadro pintado por Antoni Tapies es una "mierda" con todas sus letras o que en el Reina Sofía, entre miles de obras alguna tiene que haber que merezca la pena. Lo cierto es que Albert Boadella, que ayer se subía al escenario del Teatro Juan Bravo con su ‘Sermón del bufón', lleva años, muchos, desde que fundó Els Joglars, ?y en Segovia se ha comprobado muchas veces? siendo un incómodo compañero de las verdades absolutas y de los dudosos conceptos de la vida y del arte en todos sus registros. Una mosca para lo políticamente correcto. El hecho de ponerse en duda hasta a sí mismo y de ser irreverente hasta con algunas de sus propias creaciones debería bastar para tener fe en su discurso y entender que a veces la palabra de Albert, y a veces la palabra de Boadella, bien merecen un ‘amén'; que más que un ‘así sea', es un ‘así es'.
Y así lo entendieron también ayer las cerca de quinientas personas que asistieron al Teatro para ver al artista ‘excatalán' reírse de todas aquellas situaciones reales que, como bien indicaba Albert o su versión madura, Boadella, suelen superar hasta la más cierta ficción. El bufón para unos y genio para otros desdobló su personalidad para hacer comprender al público que prácticamente todas las situaciones en las que las personas se ven envueltas llevan intrínsecas una doble moral que a veces se pelea y lucha por sacar adelante la más correcta. Todos tenemos dentro un Demian que compite con la conciencia por decir en voz alta, por ejemplo, que hay obras de arte contemporáneo que parecen un bolígrafo destintado o que existen creaciones teatrales o cinematográficas que, de trascendentales, son absolutamente intrascendentes. Y aburridas, muy aburridas.
A ratos ayudado por aquel Albert a veces insensato e impertinente, y otras valiente, que fundó Els Joglars y en otras ocasiones por medio de la madurez del Boadella que reflexiona y revisa sus opiniones, Albert Boadella recordó algunos episodios de su infancia, otros de su estancia en Francia y, ayudado por una serie de proyecciones, muchos de su larga trayectoria como director de la compañía catalana en la que, después de cincuenta años cedió el testigo a Ramón Fontserè. Así, muchos espectadores que llevan siguiendo su carrera artística desde hace décadas pudieron recordar la ‘polémica' ?por ser políticamente correctos? que desencadenaron montajes como ‘La Torna' o ‘Teledeum', y otros que le han seguido más de cerca en los últimos meses a raíz de la creación de Tabarnia pudieron conocer que Albert Boadella nunca se ha casado con nadie y que el mismo que en un principio cuestionó el arte del silencio y la expresión corporal del mimo fue luego quien dio a conocer a su compañía a través de esta técnica teatral, o que después de poner en pie de guerra al Ejército con una obra utilizó como arma al mismo teatro para protagonizar una fuga de película. El Rey o el Jordi Pujol que tanta inspiración le ha generado, tampoco escaparon del escenario en ‘El sermón del bufón', que como era de esperar, tuvo en Cataluña, el Govern y Puigdemont un decorado en el que perderse y encontrarse de forma puntual y oportuna.
Con el púlpito sobre el escenario y con el pálpito en el corazón de quien se sabe rey para unos y bufón para otros, Albert y Boadella volvieron a unirse en el centro del escenario para despedir a una parroquia que le da la bendición cada vez que visita Segovia y que aguardará con fe su próxima confesión, sabiendo que en sus palabras habrá cosas con las que comulgar mejor y otras con las que callar para siempre.
Lo que más vale del mundo CRÓNICA 11/03/2018
Es una especie de ritual de religión; llega la noche del martes o la del viernes, la mañana del miércoles o la del sábado, y los ojos de muchos se van a los resultados del Euromillón, a ver si por una vez en la vida se ha producido un milagro que en el 99,9% de las ocasiones nunca se da. Pero da igual, se vuelven a invertir cinco euros semanales y vuelve la fe, la esperanza el "Si nos toca…". Vuelven las listas de las compras imposibles, las casas y los coches de tamaño máximo y los viajes alrededor del mundo. Eso sí, siempre o en el 99,9% de los casos, acompañados. Porque no hay mayor tristeza que disfrutar de una lotería en soledad. Y eso; que lo que más vale del mundo no es el dinero, sino la lealtad a uno mismo y a los demás, nos lo vino a confirmar ayer en el Teatro Juan Bravo de la Diputación Llum Barrera. O su personaje, Martina. 
Es curioso, porque cuando una comedia llega porque toca puntos en las emociones de los espectadores que son compartidas con el protagonista de la obra, en las butacas, abajo y arriba, se dan, por momentos, murmullos inevitables. Podría pensarse que tiene que ver con la mala educación o la falta de respeto, pero nada más lejos de la realidad. Son comentarios espontáneos, naturales, empáticos; que lo único que tratan es de advertir o de comparecerse con el o los protagonistas del espectáculo. Son como los aplausos que rompen fuera del protocolo. Ayer hubo varios momentos de murmullos, varias caras de compasión y unas cuantas sonrisas de lástima.
Y es que, básicamente, lo que Llum y Martina vinieron a contar fue que no hay manera de pagar por la amistad incondicional de alguien que te advierte de lo malo igual que celebra contigo lo bueno, ni hay forma de recopilar billetes que den lugar a la llamada de un hijo, ni hay dinero que valga para traer de vuelta lo que se lleva el Alzheimer, ni existe moneda de cambio para rascar hasta descubrir el amor verdadero de una pareja. La actriz y su personaje también vinieron a contar que, sin embargo, la codicia y la avaricia sí pueden destruir un tipo de felicidad que, en el fondo, puede que fuese todo hipocresía.
Durante cerca de una hora y media, Llum Barrera se enfrentó a todas esas reflexiones sola, sin más ayuda que la de una taza de agua para aclararse la voz de vez en cuando y una escenografía que a veces le otorgaba una pequeña pausa en forma de música o de cambio de luces, además de la recreación de algunas conversaciones ya vividas. 
El público, que llenó el Teatro, volvió a aplaudir la sinceridad y el brillo en los ojos de la actriz, que tuvo momentos en su mirada, y en la seguridad e inseguridad de su voz, para la nostalgia, para la culpa, para la ironía, para la valentía o para la superación. Todo ello necesario para impartir, desde las tablas y el guión adaptado de Yolanda García al texto de Grègoire Delacourt, una lección de vida que, seguramente, haga afrontar con más cautela de la habitual, a quien estuvo ayer presente en el auditorio, ese ritual de religión de la noche del martes o del viernes, de la mañana del miércoles o del sábado. Los milagros, en el 0,1% de las ocasiones existen, pero hay que tratarlos con cariño y lealtad.
Tristana y los derechos de la naturaleza CRÓNICA 24/02/2018
Después de ver a Olivia Molina en el papel de Tristana resultará complicado imaginar, si en algún momento fuera preciso, una Tristana que no sea ella. Benito Pérez Galdós estaría agradecido ?que no en deuda; uno de los principales dilemas que plantea la obra? de que Eduardo Galán y Alberto Castrillo-Ferrer la eligieran a ella y no a otra para un papel con tanto entusiasmo, con tanta vitalidad, con tanta inocencia y tanto ímpetu. Olivia Molina consiguió ayer en el Teatro Juan Bravo, desde las primeras líneas, que los aplausos que parecen derecho de la naturaleza en el teatro fuesen, además, obligación. 
Parece complicado hablar de la obra sin mencionar una y otra vez la verdad que la pequeña de los Molina le da al texto, desde la primera conversación de Tristana con Saturna, una Diana Palazón que termina de alinear los planetas del guión de Pérez Galdós con el equilibrio que brinda a las relaciones de la protagonista con su reducido mundo, hasta la última imagen, del brazo de Don Lope en el altar, logrando crear en el espectador un sentimiento ambiguo. De pena porque la romántica Tristana no consigue ni uno de sus propósitos y de alegría por sentir que quizás el viejo tiene algo de corazón; pese a que éste no esté encajado en el hueco de la joven, al menos a Tristana le quedará un futuro digno, aunque no sea prometedor.
Benito Pérez Galdós le pedía a Tristana ilusión, imaginación, ensoñaciones y mucho brillo en los ojos en las primeras líneas de la obra. Y Olivia Molina cambiaba de postura de forma insistente, le contaba a Diana Palazón que le gustaría ser escritora y nunca jamás casarse, le hablaba de ser ministra y se subía a la mesa con las enaguas encogidas mirando al horizonte. Un horizonte en el que después, Pérez Galdós era tan cruel de pedirle a la misma Tristana nostalgia, tristeza, enfermedad y autocompasión. Si acaso una pizca de rabia. El gesto de Olivia Molina iba cambiando a medida que los derechos de la naturaleza que Tristana creía certeros se iban desvaneciendo con la historia, a media que la protagonista iba enfermando y también a medida que su relación de amor idílico con Horacio se iba diluyendo como acuarela.
Lo más curioso para los espectadores fue, seguramente, comprobar cómo entre expresiones arcaicas y sonrojantes, especialmente en las escenas de amor y misivas, el texto de Benito Pérez Galdós seguía contando con situaciones que no resultarían tan extrañas en el mundo femenino del siglo XXI. Situaciones que cualquiera de las mujeres y muchos de los hombres de hoy en día entenderían como derechos de la naturaleza y que, pese a haber pasado ya más de 120 años, otros muchos hombres y, lo que es más triste, algunas mujeres, seguirían entendiendo como concesiones de la sociedad. "Lo bonito es que Tristana no levanta banderas, lo hace por derecho natural", contaba Olivia Molina a una entrevista realizada por el Teatro Juan Bravo sobre el feminismo de la protagonista. Y era verdad. 
top