Hablando en platea
Beatles para crecer CRÓNICA 19/02/2018
Todo empieza con un ‘Across the Universe' muy suave, acorde con el silencio que en un principio tratan de imponer los mayores a los niños. Cada cual ocupando su espacio; su silla o su trocito de suelo; los pequeños sobre las piernas, y los brazos de los mayores rodeando por las axilas los diminutos cuerpos aún agazapados. Algunos de ellos conscientes de que están en un teatro; en un sitio donde suelen ir los mayores. Con los intérpretes de La Petita Malumaluga tocando flojito el chelo, el saxo, el violín y las percusiones. Suave, muy suave; tan suave como cuando se camina con los pies descalzos.
Después no se sabe muy bien qué ocurre, que los niños acaban invadiendo el escenario, y lo que al principio era una danza leve de una de las componentes de la compañía, en un vaivén de lado a lado del escenario tratando de proteger de las caídas a los niños, sin que éstos se enteren, se convierte en un baile común, caótico pero absolutamente en orden, mientras los músicos siguen tocando sin despistar las partituras que tienen en su cabeza. Algunos niños mueven pañuelos, otros son capaces de seguir, aunque sea por segundos, el compás, otros no entienden de ritmo pero se mueven y golpean deliberadamente unos tubos de percusión y otros sonríen porque lo están pasando en grande viendo a sus mayores pasarlo como enanos.
Resulta difícil recordar en qué momento exacto sucede ese estallido del ambiente, en qué canción, si es en ‘I want to hold your hand' o en ‘Yellow submarine'. Es complicado asegurar que ocurre en uno de los constantes cambios de luces que contribuyen a captar la atención de los bebés o en el momento en que Albert Vilà golpea los cuatro bombos que cuelgan del techo y en los que se puede ver las caras de los cuatro escarabajos de Liverpool. Podría intuirse que es en alguno de esos segundos en los que del cielo caen papeles a modo de confeti, abriendo de asombro las bocas de los minúsculos espectadores. Como si fuera magia.
Y lo cierto es que todo en ‘Bitels para bebés', que ayer se representó hasta tres veces en el Teatro Juan Bravo, es mágico; desde el momento en que los carritos se aparcan a la entrada del teatro y padres, madres, tíos, abuelos, niños y niñas se quitan los zapatos y los arrinconan en el patio de butacas, hasta el instante en el que Albert Vilà y el resto de la compañía recogen, junto a grandes y pequeños, los materiales que les han servido para mantener, durante más de media hora, entretenidos y abstraídos por la música a decenas de niños que no superan los cinco años. Todo es mágico y no sólo porque suenen los acordes de John y Paul, que también. Es imposible que no sea mágica la idea de atrapar entre cuerdas a las personas, cuando aún no levantan dos palmos del suelo, con el sonido en directo de un ‘¡Hey Jude!'.
Entre la fantasía y la aquilana actualidad CRÓNICA 18/02/2018
Existe la teoría de que el arte, para serlo, ha de perdurar en el tiempo sin perder actualidad ni propósito, y siguiendo la teoría, se puede asegurar desde todas las perspectivas posibles que lo que hizo ayer Nao d'amores en el Teatro Juan Bravo de la Diputación fue arte. Es cierto que gran parte del mérito lo tiene Bartolomé de Torres Naharro, autor de ‘Comedia Aquilana', un texto que quinientos años después, cambiando el castellano antiguo de -por ejemplo-, un "no se pescan truchas a bragas enjutas" por un actual "quien quiera peces que se moje el culo", no ha perdido ni una línea de actualidad en su fondo, pero también hay que otorgarle gran reconocimiento a Ana Zamora y su gente, que han vuelto a dar la oportunidad al público de conocer de cerca algo que podría quedarse muy lejos si no fuese por el trabajo de compañías como Nao d'amores o la Compañía Nacional de Teatro Clásico, coproductoras de la obra.
El hecho de que, sin embargo, sí haya perdido esa actualidad en sus formas, ya que ahora las extravagantes vestimentas simulando un huerto o la importancia de la música en directo para ambientar las escenas resultarían algo más complicado de encontrar de forma regular en los montajes vanguardistas –o no-; por no hablar de un guión escrito en verso… hacen que la idea de Nao d'amores de dar inicio a la obra con la representación de Torres Naharro explicando cómo ha de ser una comedia, qué tipos de comedia existen o qué es lo que va a suceder en la comedia que los espectadores van a presenciar a continuación, resulte una genialidad más de una compañía que entiende que entender, de repente, una obra en castellano antiguo puede resultar toda una ‘fazaña' para oídos despistados.
De este modo, con la breve explicación de Torres Naharro, comenzaba una obra que después iba a conceder al público lo que ofrecen las comedias románticas de hoy en día: un hombre, una mujer, el amigo de él y la amiga de ella, un enamoramiento y un tira y afloja, un consejo absurdo y otro consejo atrevido, el consentimiento de un padre, una locura y una cordura… la vida. La misma vida de ahora era la trama de lo que Torres Naharro denominó entonces como una comedia a fantasía.
Teniendo en cuenta que se trataba de una obra de este género, no faltaron las risas en el Teatro Juan Bravo, algo que habla nuevamente del arte que encierra en su texto ‘Comedia Aquilana'. Y es que lo que en el siglo XVI escribió Torres Naharro para hacer reír a su público hacía reír también a un público del siglo XXI que llenó el Teatro para este estreno nacional, devolviendo así la confianza a una compañía extrañamente necesaria. ‘Comedia Aquilana' terminaba con un consejo o moraleja: si el amor llama a tu puerta, déjalo entrar. Si es el teatro clásico el que llama, entra tú también; quizás no te acabe sorprendiendo tanto.
‘Perplejo' o la locura transitoria CRÓNICA 04/02/2018
Lo malo de la locura y de los extremos, es que muchas veces nos tocan. Que habrá millones de situaciones que nos parezcan absolutamente desencajadas de puertas de nuestra casa para fuera, pero que una vez dentro, muchas de esas millones de cosas encajan, casi a la perfección, en los cajones de nuestros armarios.
‘Perplejo', la obra que ayer representó IlMaquinario en el Teatro Juan Bravo de Segovia, tiene mucho de eso. Es cierto, quizás, que en muchas de esas situaciones algo llevado al extremo, pero resulta difícil comprender que nos choque ver a un hombre paseándose desnudo por el salón de su casa cuando, posiblemente, hayamos desfilado como Dios nos trajo al mundo en varias ocasiones por los pasillos de las nuestras. Eso es precisamente lo inquietante que tiene ‘Perplejo', y posiblemente una de las razones de peso para que fuera candidata a los Premios Max, los más importantes del teatro español; que nos deja perplejos ante la realidad más absoluta. Ante las infidelidades, ante las rabietas insoportables de nuestros hijos, ante la falta de honestidad de los propietarios de los alojamientos donde llegamos con nuestras maletas después de una reserva ilusionante o ante los confesores y ‘confusores' efectos del alcohol en casa de nuestros amigos. Todo ello respaldado por un guión cargado de comedia y un vestuario tejido con carcajadas; mención especial para el disfraz de Laura Mínguez.
El guión escrito por Marius Von Mayenburg y adaptado por Tito Asorey tiene un ritmo trepidante entre todas esas situaciones que hace que ‘Perplejo' parezca la más absoluta locura transitoria de una escena a otra, sin necesidad de cambiar de escenario; simplemente con el hecho de cerrar una puerta. La obra transita entre un espacio de la vida y otro con diálogos que rozan el surrealismo, pero que son pronunciados por los cuatro actores con tal naturalidad –quizás por eso ninguno de ellos cambia de nombre al interpretar a su personaje- que consiguen lo que su creador se propone: que el público dude de cualquier aparente certeza. 
Con ‘Perplejo', la mayoría de espectadores que acudió al Teatro Juan Bravo pasó un rato divertido en el que también se escaparon muchas risas y sonrisas delatadoras. La locura transitoria fue llevada hasta el final de forma magistral por los cuatro intérpretes, que acabaron desmontando ellos mismos parte del escenario, prácticamente como si nada de todo aquello hubiera sucedido; ofreciendo una razón más para calificar la pieza de original y arriesgada. 
Vidas de humo CRÓNICA 29/01/2018
Nadie conoce a nadie. Esta frase que se repite en un par de escenas de ‘Smoking Room', la obra que subió ayer al escenario del Teatro Juan Bravo de la Diputación, resume bien el desconocimiento que, en general, tenemos de aquellos que nos rodean en el día a día y que comparten con nosotros la pared del despacho, la tertulia sobre el partido de la tarde anterior o el mechero con el que nos encendemos un cigarro mientras creemos arreglar un mundo que, en realidad, nos tiene bien aliñados a todos nosotros.
Personas posesivas, personas obsesionadas, personas corruptas, personas supersticiosas, personas dóciles, personas interesadas, personas peligrosas. Da igual que nuestro papel lo interprete un inocente Secun de la Rosa, un histriónico Manolo Solo, un energúmeno Edu Soto, un rebelde Miki Esparbé, un oscuro Pepe Ocio o un condescendiente Manuel Morón; todos, en el fondo, tenemos un secreto, una presión exterior, un sueño, una racha personal insoportable o un deber que termina por eclipsar a nuestra voluntad natural, esa que surge de nuestros impulsos y que acaba silenciada por nuestras reflexiones.
Al final todo es humo, y eso es lo que mostraron ayer sobre las tablas del Juan Bravo los actores que dieron vida a los personajes inventados por Roger Gual y Julio Walovits. Con apenas cuatro mesas de oficina y dos paneles, los seis intérpretes escenificaron cualquiera de las situaciones que se pueden dar en una gran empresa en cualquier momento; desde aquellas que transcurren en la misma puerta de entrada al edificio hasta las que pueden llegar a suceder en el baño, pasando, por supuesto, por las que ocurren entre las cuatro paredes de un despacho, ya sea del director o del contable.
Quizás por este motivo, porque las escenas eran propias de la vida (laboral) misma, el público -que llenó el Teatro- no tuvo pudor ninguno en dejar escapar todas esas risas diferentes de las que hablaba Manolo Solo en una entrevista previa a la actuación. Hubo muchas carcajadas en las líneas en las que tanto el guión como la actuación, especialmente la de Secun de la Rosa y Edu Soto, invitaba a ello, pero también algunas risas nerviosas y solitarias en instantes puntuales de la obra que no tocaban a todos los espectadores por igual. Y es que, con todas aquellas historias puestas sobre la mesa, lo normal era que el público, tan cada uno de su madre y de su padre como los actores, se viese dentro de la trama; a veces mucho y a veces nada.
Palabras entre el amor y la guerra CRÓNICA 27/01/2018
Existe una verdad universal que cualquiera, incluso teniendo la suerte de no haberla probado, aprobará; esa que dicta que no hay mayor dolor que el de perder a un hijo. Quizás, seguro, porque no hay mayor amor que el que se da a un hijo. Ayer en el Teatro Juan Bravo de la Diputación, el desgarrador relato de las ‘Troyanas', y en especial la angustia en la interpretación de una Aitana Sánchez-Gijón más cercana a las diosas que a las reinas, permitió a los espectadores experimentar ese duelo que corta el ritmo cardiaco, alimenta la rabia y se llena de preguntas.
También de palabras, porque sobre todo son palabras y reflexiones las que contiene el texto de un Eurípides que probablemente habría escrito lo mismo si se hubiera reencarnado en Alberto Conejero y se hubiese integrado, cual Taltibio, con traje de chaqueta y zapatos de punta, en pleno siglo XXI. Es lo que tienen los textos universales, que iluminan como las estrellas a cualquier civilización y nunca desaparecen del mapa. "¿Dónde están los hombres de Europa?", se preguntaba, feroz, Andrómaca; la misma pregunta que nace de las ruinas de Siria, de las cenizas de Afganistán.
Y es que ‘Troyanas' ofrece una Troya tan Ave Fénix que asusta. Que da miedo. Y los aplausos se quedan quietos en las manos, como se quedaron ayer cuando se apagaron las luces tras ver a Hécuba enterrando a su propio nieto. Esperando una señal. Aguardando a que las manos de los actores se unan en la parte frontal del escenario para certificar que la hora y media de escena ha sido precisamente eso, una escena llena de palabras que advierten; palabras tan llenas de amor como ‘luz', ‘hijo' o ‘madre', y tan llenas de guerra como ‘fuego', ‘venganza' o ‘cuchillo'.
Las troyanas, Gabriela Flores, Miriam Iscla, Maggie Civantos, Pepa López, iban contando su historia, aportando los motivos de sus lágrimas, revelando los sueños de Casandra, conmoviendo con los detalles de su futuro en manos de los vencedores de la guerra; esos que, a su vez, son los que en algún momento serán derrotados por la razón. En el centro, Aitana Sánchez-Gijón ejercía de sol, desgastando los llantos, pero también ofreciendo la fuerza, las palabras para salir adelante, el ánimo, el orgullo y el amor perdido necesario para plantar cara al enemigo y no ser una oposición inerte, como los cuerpos repartidos por el suelo del escenario. Desconsolada y rebelde.
Párrafo aparte merece Alba Flores en su papel tan fantasmal como angelical de Polixena. Blanca, caminando durante toda la obra con la espalda desnuda entre los cuerpos, las ruinas, las voces y las palabras, como quien camina sobre nubes; haciendo también de conciencia y de remordimiento, alejándose descalza de la escena para instantes después acercarse a los vivos, incluido Taltibio, y ser esa resistencia que sale de la memoria para recordar que siempre hay un motivo para luchar por seguir en pie.
"Las personas normales, como tú, como yo, somos las más peligrosas", apuntaba Taltibio. Nadie puede decir "no mataré"; en tal caso, "espero no tener que matar". Y es que ninguno de nosotros ha visto cómo mataban a nuestras familias y a ninguno de nosotros nos han obligado a matar a las familias de otros. Así, entre palabras de guerra y palabras de amor comenzaba ‘Troyanas', y así, entre palabras de amor y palabras de guerra, terminaba una pieza teatral de esas que vale la pena guardar en el corazón y en el recuerdo; por si alguna vez el Ave Fénix resurge y hay que cortar su vuelo a tiempo.
36.500 taconeos sobre las sombras de la emoción CRÓNICA 20/01/2017
La música, la danza, el arte en general tienen un componente inexplicable: la emoción. Esa emoción es la que contagia al espectador, al público, al observador, que no necesita comprender lo que sucede al otro lado del escenario o del lienzo para sentir en su propio interior la carne erizada, el corazón hecho añicos o la euforia convertida en lágrima y aplauso a la vez. 
Por eso en una tierra en la que son contadas las personas que conocen el significado de ‘farruca' y la gran mayoría las incapacitadas para llevar el pulso medido de unas palmas, ayer, 19 de enero de 2018, fecha en la que el Teatro Juan Bravo de la Diputación inauguraba la programación de su año centenario, poco importó lo que Sara Baras hubiese creado en su imaginario para dar vida a sus ‘Sombras'; la emoción, por sí sola, hundía el escenario en cada taconeo, en cada ‘¡arsa!', en cada ‘¡toma!'. Y, claro, el público se contagiaba y convertía la emoción en retroalimentación dejando escapar ‘¡Oles!' y ‘¡Bravos!' cuando el número lo pedía a golpes sobre las tablas… y también cuando no. Qué gran favor se hizo la lengua española cuando no dejó escapar esta palabra y la convirtió en sombra que siempre acompaña al arte; y aún más si el arte viene del sur. 
Sara Baras sonreía con burla gaditana, como diciendo "¡os he pillado!", y seguía taconeando y moviendo los brazos con impulsos tan bruscos como medidos, en esos momentos en los que no esperaba un aplauso del público. La emoción tiene esas cosas también; que no sigue cánones e improvisa guiones de intentos de ovaciones que se quedan en aplausos que parecen pedir perdón. La bailaora gaditana seguía; jugando con un solo haz de luz sobre el escenario o con numerosos focos, con el sonido de las guitarras de Keko Baldomero y Andrés Martínez, acelerando sus pasos mientras las notas iban convirtiendo la noche de enero en música de primavera, o con el propio silencio, con el que parecía confabular para dar paso a un siguiente baile tan lleno de sombras como de colores y luces. Y es que sin éstas no existirían las primeras.
El espectáculo iba transcurriendo con siluetas proyectadas sobre el fondo, a veces más grandes, a veces más pequeñas, a veces superpuestas y otras solitarias, el desgarro de los cantes de Rubio de Pruna e Israel Fernández, y los bailes del resto de la compañía, además de los del coreógrafo José Serrano, llenos de fiesta y sudor, de alegría y flamenco, de percusión en las manos y los golpes de Antonio Suárez y el ‘Pájaro', mientras Sara Baras cambiaba de vestido para ajustarse a la siguiente coreografía. 
En otras ocasiones, era el propio vestido el que se acoplaba al baile, pareciendo multiplicar su vuelo de punta a punta del escenario, al igual que se multiplicarán las versiones de lo que se vio sobre las tablas del Juan Bravo y se vivió entre sus butacas. Unos interpretarán que lo de ayer fueron las luces y sombras de los veinte años de Sara Baras girando sobre su cuerpo y sobre los de los españoles con su compañía. Otros creerán que vieron las figuras en negro de sus propias historias. Otros adivinarán entre cortinas el paso de la vida, con sus momentos llenos de juerga y sus instantes de soledad. Quizás, seguro, todas esas interpretaciones de lo que es ‘Sombras' representen también lo que ha ido aconteciendo sobre el escenario del Teatro Juan Bravo a lo largo de cien años de música, de danza, de miedo escénico, de guiones, de improvisaciones, de momentos apagados y de segundos de luminosidad con el público puesto en pie. Sara Baras taconeó ayer al menos 36.500 veces –o todas esas parecieron- sobre las sombras de la emoción de cien años con sus correspondientes días; ¿para qué buscar otra explicación?
Delicadeza desde Anatolia CRÓNICA 08/01/2017
"Ha sido uno de los más bonitos de los últimos años", salía diciendo ayer una de las espectadoras que asistió al primero de los dos conciertos de Año Nuevo de la Orquesta Sinfónica de la Universidad de Anatolia en el Teatro Juan Bravo de la Diputación. La formación turca vuelve a actuar en la tarde de hoy lunes, a partir de las 20:30 horas en el auditorio, y si repite el recital de ayer, serán muchas más las personas que sigan opinando lo mismo de una orquesta que demostró delicadeza en cada una de sus notas y belleza en cada una de las melodías entonadas por su soprano, Nazym Sagyntay, quien salió del Juan Bravo con varios "¡Bravo!" espontáneos atrapados en su oriental sonrisa y en el vuelo de su vestido rojo, en la segunda parte del concierto.
A pesar de que la fuerte nevada caída sobre Segovia desde el viernes por la noche dejó vacíos los asientos de muchos espectadores que optaron por no trasladarse hasta el teatro por precaución, la Orquesta Sinfónica de la Universidad de Anatolia recibió el fuerte calor de los aplausos de los presentes en todo momento; por merecerlos y también porque su director, Aidar Torybaev, un tipo alto, de pelo canoso largo y coronilla, con una sonrisa de boca y de ojos de la que resultaba difícil escapar cada vez que se giraba agradecido, se empeñó en que sus músicos recibiesen el reconocimiento merecido. Cada dos piezas aproximadamente, Torybaev hacía levantarse a todos los músicos de la silla y agradecer la ovación, y en aquellas en las que alguno de los instrumentistas tuviese un papel protagonista -fuese vanidoso o tímido- también le hacía un gesto instándole a levantarse y bajar la cabeza en una señal de agradecimiento y humildad.
Con la misma sensibilidad con la que sonaba la música de la orquesta, con mucho protagonismo de las cuerdas y las flautas, Torybaev movía su batuta –siempre sonriendo- marcando el ritmo de ‘El murciélago', ‘Marcha Persa', ‘Polka Tritsch Tratsch' o el ‘Vals del Emperador' de Strauss, o ‘El beso' de Arditi o ‘Mis labios besan con tanto ardor' de Lehár. Con títulos como estos dos últimos, parecía normal que la primera parte del concierto fuese extremadamente delicada, lo que provocó que en la segunda mitad se notase una entrada más fuerte de las percusiones, con los timbales potenciando el ánimo de los espectadores y el movimiento de sus pies sobre el suelo y sus manos sobre el posabrazos de las butacas, siguiendo la melodía con entusiasmo.
Esto, siempre y cuando no saliese Nazym Sagyntay a entonar; entonces, todo excepto su voz se convertía en silencio, incluidos los instrumentos de los músicos, a los que el director mandaba callar de forma puntual. 
En el Juan Bravo iba sonando un repertorio algo distinto al habitual en los conciertos de Navidad, dominado principalmente por el apellido Strauss, con algunas obras imprescindibles como la ‘Mazurka' de Tchaikovsky o la ‘Danza Húngara nº6' de Brahms. Aunque si hubo una melodía que emocionó al público, por diferente y por evocadora, fue la canción turca con la que Aidar Torybaev quiso dar un último protagonismo a sus instrumentos de viento y prácticamente despedir el concierto. Después llegó la ‘Marcha Radetzky', y hasta en el compás seguido por los espectadores se notó la delicadeza del director al ordenar al público seguir las palmas o detenerse.
El ‘Universario' de la profesión más bonita del mundo CRÓNICA 30/12/2017
Con la A de artista y de avión despegaba ayer ‘Universario' en el Teatro Juan Bravo de la Diputación; un espectáculo pensado para la imaginación de los niños y el disfrute de los mayores y el de su propio creador; porque no debe de haber profesión más bonita en el mundo que la de hacer reír a carcajadas a los más pequeños. Ayer Marcel Gros, el reconocido payaso catalán, lo consiguió durante todo el tiempo. Y justo cuando parecía que las letras gigantes y rojas de su ‘Universario' comenzaban a desinflarse un poco, pues no debe haber profesión más complicada en el mundo que la de captar la atención de los niños durante más de 40 minutos seguidos, se valió de uno de sus diminutos espectadores para remontar el vuelo de su aeroplano.
A veces acertar con el improvisado invitado al escenario es tarea difícil, pero ayer el pequeño B. se lo puso tan fácil desde el primer momento a Gros, que su hipnosis casi casi resulta verídica del todo. Por este motivo, por la naturalidad del niño y su inestimable colaboración, era necesario comenzar la crónica casi por el final; porque en realidad ese momento reflejó lo que había sido la fiesta de ‘Universario' de Gros desde el comienzo.
Sin necesidad de insistir, el artista implicó al público, padres incluidos, desde los primeros pasos de sus gigantes zapatos. Si el payaso, con su bombín, sus anchos pantalones y su nariz roja, quería risas de todas las edades, las tenía al instante. Si lo que quería eran palmas al compás de su imaginada banda, las tenía al instante. Si lo que pretendía era que los niños se sintiesen parte de esa misma banda imaginada, al instante tenía a doscientos niños deslizando sus dedos por un teclado inexistente o golpeando con fuerza los platillos con unas baquetas invisibles sujetadas con los puños bien cerrados.
Mención aparte merecen las caras de asombro de los más pequeños al escuchar el ‘pezuñeo' de un caballo entrar y salir por el escenario o los comentarios siempre ocurrentes y esclarecedores de los niños cuando sienten que su ‘Universario' no cuadra. El de Marcel Gros, cuadrase o no cuadrase, gustó y, además, enseñó que la imaginación no tiene límites, que la Cultura se escribe con todas las letras, gigantes o pequeñas, de esa imaginación, y que llevar a las personas al teatro desde que son pequeñas contribuye a que la profesión más bonita del mundo exista. Que no es poco.
Planes que salen bien CRÓNICA 27/12/2017
Hace años, Hannibal Smith convirtió en salmo una sentencia de lo más lógica, que desde aquel equipo A se ha venido repitiendo en boca de diferentes generaciones: "Me encanta que los planes salgan bien". Ayer, esas siete palabras pertenecientes ya al Olimpo de las frases, podrían haber sido dichas por cualquiera que hubiese contemplado el abrazo de Manuel Baqueiro, Javier Navares y Chema del Barco sobre el escenario del Teatro Juan Bravo de la Diputación, tras forjar su último plan; la última función de ‘El Plan' después de tres años de gira.
El plan, a quien fuese al Juan Bravo le salió redondo; dos horas de risas aderezadas con algo de ese drama que es incapaz de escapar a un comentario irónico. Tampoco, por lo tanto, a una carcajada. Y es que tenían razón los que escribían que Ignasi Vidal había conseguido en esta tragicomedia elaborar un texto puntiagudo que enfrenta a sus protagonistas tanto, como segundos después les hace protegerse.
También tenían razón los que describían las actuaciones de los tres actores como "terriblemente honestas". Tanto Baqueiro, como Del Barco, como de manera muy especial Javier Navares consiguen que el público empatice con ellos, llegando a creer por momentos que forma parte del propio plan; que también está urdiendo con ellos los detalles de lo que llevan días perpetrando. Quizás, semanas. En definitiva, que son amigos de toda la vida. En un momento dado de la representación, el sofá rojo situado en el centro del escenario parece el de casa, y la naturalidad de los tres protagonistas es tal, que si no fuera por el telón, y las butacas, y las bambalinas… cualquiera diría que ‘El Plan' es puro teatro.
En este sentido, las únicas personas perjudicadas fueron aquellas que hubieran planeado ir a ver al Marcelino de ‘Amar en tiempos revueltos'. Andrade, el personaje al que interpreta Manuel Baqueiro es tan diferente del prototipo en el que podría estar encasillado el actor, que es de agradecer que Ignasi Vidal le haya dado un papel tan gallego y tan arriesgado; porque tener apellido del norte no conlleva, necesariamente, tener acento de mar.  
Sin embargo, Baqueiro construye un personaje tan real y acertado, que realmente el plan empieza a estar verdaderamente equilibrado con su entrada en escena. Y no porque Navares y Del Barco, quienes comienzan la obra con un largo diálogo que se extiende durante varios minutos, mientras esperan a que llegue Andrade, no lleven el plan al dedillo, sino porque la entrada de Andrade en escena permite que las conversaciones sean más fluidas y las ironías e indirectas lleguen desde cualquiera de los tres actores en los momentos más inesperados.
Como inesperado es también el final; ese que demuestra que en la mayoría de las ocasiones la frase de Hannibal Smith es difícilmente pronunciable. No es que a los tres protagonistas de ‘El Plan' los planes nunca les salgan bien, es que pocas veces lo planeado termina correspondiéndose con la realidad. Por eso es mejor planear sobre el presente, sobrevolándolo con cuidado. Y si hay que planear algo, que sea una tarde de teatro; ese es uno de los pocos planes que casi siempre sale bien.
Regalo de Navidad en familia CRÓNICA 24/12/2017
Lo normal, después de la hora y media de concierto con aumentativo que se tocaron ayer los Travellin' Brothers en el Teatro Juan Bravo de la Diputación, es que los vinilos puestos a la venta a la salida del recinto se agotasen -como así ocurrió- en cuestión de minutos. Lo espectacular habría sido poder llevarse a los ocho músicos a casa y que, al menos durante la Navidad, siempre que alguien quisiera escuchar su ‘Christmas special', tuviera la ocasión de disfrutar de su directo. Habrá que conformarse con haber tenido un regalo anticipado de Navidad en forma de concierto y haberlo disfrutado en familia; la que quedó comprobado que forman ellos sobre el escenario, y las que se pudieron encontrar entre las butacas del teatro.
Y es que el concierto de los ‘hermanos viajeros' fue un auténtico regalo. Parece pecado que la entrada al recital únicamente costase nueve euros. Nueve euros. Los solos de guitarra de Aitor Cañibano, la voz de Jon Careaga, las manos de Mikel Azpiroz sobre el Hammond o sobre el piano de cola, la majestuosidad de Alain Sancho al saxo… Nueve euros. Habría sido complicado ponerle un precio justo al concierto, pero es bonito imaginar que la cultura lo sabrá amortizar en el futuro; el día en que el gran número de niños presentes entre los espectadores recuerden que unas navidades sus padres o sus abuelos les regalaron, un día antes de que Papá Noel les dejase una pistola de plástico, un muñeco inexpresivo o un juego de mesa, un concierto en el que pudieron ver lo que supone la complicidad entre los músicos de una banda, lo que es aconsejable que sea un cantante, además de una buena voz, lo grandioso que son el jazz y el blues en directo o lo distintos que suenan un bajo eléctrico y un contrabajo.
Para ser justos con los espectadores, es preciso decir que el público entendió el regalo desde la taquilla. El Teatro Juan Bravo registró una de las mejores entradas desde su reapertura, y una vez dentro los asistentes acompañaron con palmas –y, además, palmas al compás; misión complicada en Segovia- antes de que se lo pidieran, siguieron el juego a Careaga cada vez que bajó a cantar entre butacas, cantaron e hicieron coros cuando fueron invitados a hacerlo, e incluso no opusieron ningún tipo de resistencia cuando se les demandó que hicieran el baile del pollo. Bueno, algún gallina despistado sí que hubo en ese momento.
El concierto tuvo momentos de ese tipo de magia que sólo se crea con la varita de la música, como cuando Alain Sancho se puso en el centro del escenario y, cerrando los ojos transportó a los presentes con su saxo de las notas suaves del ‘Adeste fideles' a la fuerza de una canción ambiental, como cuando el mismo Alain Sancho apareció por el patio de butacas incorporándose a la capella de Jon Careaga, o como cuando éste pidió a los espectadores que cantaran cada "what a wonderful world" en su versión del tema de Louis Armstrong. 
Imaginar por qué hace dos años los Travellin' Brothers fueron nombrados la mejor banda de blues de Europa fue sencillo a partir de las primeras canciones y se fue confirmando a raíz de momentos como éstos. A veces no sólo basta con tener a los mejores músicos sobre el escenario; a veces lo importante es que esos mismos músicos se comporten como hermanos sobre las tablas. Que dé la sensación de que la música corre de la misma manera por su sangre.
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