Hablando en platea
Los de la tarde más provincial CRÓNICA 15/06/2018
Que el teatro es un lugar al que adorna un halo de grandeza, de magia, de inmensidad es algo que puede comprobarse cada una de las tardes en las que el Teatro Juan Bravo de la Diputación abre sus puertas para acoger cualquier tipo de espectáculo y, de repente, la Plaza Mayor se llena de susurros, de intriga, de curiosidad y de impaciencia. Cuando además, como ayer, el Juan Bravo, el teatro de la provincia, se abre para que una de las formaciones segovianas más consolidadas en la Cultura de nuestras fronteras se suba al escenario, ese halo parece extenderse y llena hasta la última butaca mientras abajo, pegado al escenario, lo que parece un ejército de luciérnagas va atrapando entre cuerdas y anunciando entre vientos que está a punto de comenzar la primera de las cuatro tardes más provinciales del Teatro.
Y provincial no sólo porque sobre las tablas y junto a ellas llegasen a darse cita cerca de sesenta segovianos; también, porque para la ocasión, el Cuadro Lírico Julián Gayarre ha elegido ‘La del Soto del Parral', una obra que desde sus primeras melodías, ejecutadas desde ayer y hasta el domingo bajo la batuta de Francisco Cabanillas, suena a tierra de Castilla, a pueblo de Segovia; como así lo quiso uno de sus creadores, el paisano Anselmo Cuadrado Carreño. Suena también a nuestras fronteras porque bajo la dirección artística del otro Francisco, Soto, el Cuadro Lírico Julián Gayarre ha sabido recoger toda la castellanía profunda de una época pasada en la que el inconfundible ?y al mismo tiempo imperceptible para muchos que hacen gala de él día a día? acento segoviano se manifiesta de forma intermitente en cada uno de los tres actos. 
A través de los trajes y del vocabulario, que también caracteriza al libreto, convirtiéndolo en una de sus facetas más cómicas, el Cuadro Lírico consigue crear el ambiente ideal para que quien se siente en las butacas tenga la sensación de estar en plena campiña segoviana, expectante por saber qué secreto guarda el buen Germán o qué chisme sin argumento va a inventar el Tío Prudencio, coplero que responde a todo menos a su nombre, para ponerle punto final a su nuevo romance. Un romance al que, por cierto, el Cuadro Lírico Julián Gayarre ha querido aportar sus propios versos sobre la actualidad segoviana y que ayer, en su primera función, hicieron reír aún más al público con las alusiones a Javi Guerra o a las obras de la calle San Juan.
Así, y también ayudados por la inestimable colaboración de la historia de boda de los mozos Damián y Catalina, quienes prácticamente con su sola aparición en escena ya desataban las carcajadas entre los espectadores, se va poniendo el punto cómico a un texto, en realidad, lleno de dramatismo, como queda patente en los impecables e imponentes cantos de la soprano María Eugenia Barcia, en su papel de Aurora, y del propio Andrés del Pino, como Germán. Miguel, la otra parte de una historia que habla del poder y la influencia de los cotilleos en los municipios pequeños, pero también de la lealtad que ?al menos en épocas anteriores? envuelve a los juramentos entre amistades, termina de completar un reparto principal que en todo momento es arropado por el trabajo, la constancia, el mérito, el compromiso y el esfuerzo de quienes, como también queda demostrado con otras formaciones segovianas cada mes de noviembre sobre las tablas del Teatro Juan Bravo con la Muestra Provincial de Teatro, hacen de su afición por la interpretación o el canto, un ejercicio de auténtica profesionalidad.
Para terminar, y como se trataba de que la tarde fuese una de las cuatro más provinciales del año en el Teatro de la provincia, el Cuadro Lírico invitaba a la boda de Damián y Catalina a la dulzaina y el tamboril de Rita y Mateo San Romualdo, quienes acompañados de los bailes de los componentes del Grupo de Danzas La Esteva, intercalaban sus melodías con las de la orquesta, que conseguía, con las notas de la ‘Ronda de los Enamorados', que algún espectador en el patio de butacas fuese incapaz de contener sus cantos de amor por la zarzuela.
‘Zenit'; érase una vez el periodismo CRÓNICA 21/05/2018
Se abre el telón y aparece Ramón Fontserè boca abajo, dormido sobre una estructura negra de tres pisos. Su sueño se ha alcoholizado y ahora le toca discutirlo con un teléfono móvil al que llama, sin ningún tipo de cariño, "Robot" y que, aunque le pese a Fontserè y aunque le pese a Martín, su personaje en ‘Zenit, la realidad a su medida', la obra que ayer representó Els Joglars en el Teatro Juan Bravo de la Diputación, en algún momento de esta vida ha llegado ?o poco le falta? a identificar a "el compositor ese ruso" como Tchaikovsky y a ser capaz de reproducir de inmediato una de sus melodías sin necesidad de más referencias que esa. Como para no pegar un trago de whisky y preguntarse, pluma, Olivetti y portátil en mano, hasta dónde hemos llegado… y lo peor, hasta dónde pretendemos llegar. El sueño sobrepasado. La realidad convertida en pesadilla.
Pero antes de toda esa pesadilla, el sueño. En ‘Zenit', Els Joglars introduce el presente de una manera digna de ser mencionada y, al mismo tiempo, de no ser desvelada en su totalidad, pues quien leyese cualquier referencia a la obra perdería esa sorpresa convertida en una especie de cabecera magistral de ‘Érase una vez el hombre'. Una vez llegados a ese presente, la música de Piotr Ilich se transforma en todo el ruido en el que se ha convertido el periodismo en los últimos años. Ya no se escucha el golpe pausado y acelerado repentinamente, y pausado y acelerado por un momento, de las teclas de una máquina de escribir. En las Redacciones ya no se escuchan interminables conversaciones de teléfono tratando de dar con la certeza de dos partes. Ya no se siente el silencio de quien lee y lee y lee, y reflexiona y analiza y piensa antes de dar con el titular adecuado. Todo es ruido y, en honor a la verdad, Els Joglars consigue captar todo ese ruido hasta transformarlo en un molesto zumbido de abeja.
El chaleco amarillo con el que Pilar Sáenz lidera ese periódico ya advierte del desastre, y el hecho de que el único periodista que no ha sido embriagado por los hashtags, los ‘megustas', los ‘follow', los ‘clics', el resto de anglicismos e imbecilismos de la profesión, presente un aspecto lamentable, como de ser perdido en las cloacas del romanticismo y del alcohol más rancio, ofrece un indicio de lo descuidado y desprotegido que ha quedado el mundo de la información y la comunicación con la llegada de la inmediatez y el todo vale por un número más. El becario aporta algo de esperanza… Sí… pero no; todos sabemos que no. ¿Qué más da cómo escriba, mientras lo escriba por y en ciento cuarenta? Euros, segundos, caracteres… ¿Qué más da?
El público tampoco queda a salvo del vagón en el que Els Joglars mete al cénit de la desinformación y es de agradecer que la culpa no resida sólo en quien escribe; que esta mentira es, en verdad, de todos, aunque sobre todo lo sea de quien utiliza la deontología para llenar la estantería del despacho o para equilibrar su cojera. "Si tu padre viera en qué se ha convertido esto…" le dice Martín en un momento dado a la dueña de Zenit. Ojalá muchos dueños y directores de medios de comunicación entre el público. Ojalá muchos periodistas. Ojalá muchos devora titulares. Porque ‘Zenit' es exactamente la pesadilla de ese sueño; escena a escena, letra a letra. Mucha mierda, Els Joglars; aunque no os haga falta.
El ángel rebelde de Pepa Plana CRÓNICA 18/05/2018
Pepa Plana se secaba los ojos ayer después de actuar en el Teatro Juan Bravo de la Diputación ante cerca de dos centenares de segovianos; la gran mayoría de ellos ancianos procedentes del Centro de Servicios Sociales La Fuencisla, dependiente de la institución provincial. Se secaba los ojos y se tocaba el corazón, ofreciéndolo al público con emoción, sin palabras, porque todos sus "yo qué sé" ?más de incomprensión que de indiferencia? se habían quedado por el ‘Paraíso pintado' momentos antes sobre el escenario segoviano.
La payasa catalana había mostrado, durante algo más de una hora, el lado más rebelde de su ángel; ese que, con mirada celestial observa todos los rincones por los que abandonar el cuadro. Ese que pretende volar lejos sin llegar a valorar antes lo que tiene cerca. Ese que cree no encajar en un espacio delimitado. Ese que quiere ser "de la guarda" sin saber muy bien qué es lo que quiere proteger. 
Si hace unos meses era su amigo Marcel Gros el que, con apenas unos gestos universales, desataba las risas del público infantil, ayer era Pepa Plana quien conseguía recoger, en cada paso torpe de su ángel rebelde, una risa de aquí y otra de allá, una carcajada conjunta o varias sonrisas tímidas; todas, o casi todas, de adultos, que, todo hay que decirlo, es más complicado. Si el ángel de ‘Paraíso pintado' se aburría y bostezaba sobre su escena en el típico cuadro de recibidor antiguo, los espectadores sonreían. Si movía la manivela de la cajita de música colocada junto al cuadro y decidía ponerse a bailar a un ritmo nada acompasado, los asistentes se reían. Si el ángel saltaba sobre un alfiletero colocado junto a la cajita de música, se acomodaba en él para leer la revista ‘Cosas del cielo' y cotilleaba acerca de todos los arcángeles del firmamento, los presentes regalaban una carcajada a Pepa.
Ella, de todo menos plana en sus gestos, su técnica y sus movimientos, conseguía que aunque su personaje no lograse volar, sus miradas de ojos grandes y abiertos, sus cejas levantadas y su ceño fruncido, su nariz y sus labios rojos, y, sobre todo, sus palabras y sus frases repetidas una detrás de otra "como ejemplo, por ejemplo" quien se ha quedado atascado en un argumento y no quiere salir, sí tuviesen ángel y les saliesen alas hasta alcanzar la mirada cómplice del público. Complicidad y empatía que, dejando el humor a un lado en el fondo del mar para hundirse en la reflexión, quedaban constatadas por medio de un océano de silencio durante los instantes finales, que hacía terminar la obra obligando a muchos a preguntarse por dentro… "¿y yo qué sé?".
El levitar del sueño eterno de un clásico CRÓNICA 06/05/2018
Algo tienen en los genes de sus letras los clásicos, que les hacen disfrutar de un sueño eterno, como el de la Bella Durmiente, bonito y tentador, mientras otros admiran su estado y se atreven a hacerlo levitar de vez en cuando con mayor o menor fortuna. Quienes acudieron ayer al Teatro Juan Bravo de la Diputación pudieron asistir a uno de esos trucos de ilusionismo; con la compañía Teatro del Temple subiendo a una altura considerable el sueño eterno de ‘La vida es sueño', obra y elixir de la figura de Calderón de la Barca. Quien no es poco.
Es cierto que un texto así, con toda su filosofía, con toda su fuerza, con todo el poder de las letras que Calderón utilizó y toda la magia de las palabras que combinó para hacer poesía de la vida ? "si el verte, muerte me da; el no verte qué me diera" o "a quien le daña el saber, homicida es de sí mismo"?, invita a que una vez se proceda a intentar despertarlo de su sueño, se haga de forma dulce, delicada, con besos en los labios y caricias en las manos, con mucho cuidado y respeto. Lo complicado habría sido no intentarlo así. Pero la representación del Teatro del Temple no se queda en un mero intento; y los segovianos pudieron intuirlo desde el principio en el fondo que alcanzaba el escenario, como queriendo ir mucho más allá de las dependencias del Teatro Juan Bravo.
La compañía aragonesa consigue que ‘La vida es sueño' sea pesadilla cuando requiere que sea pesadilla, que huela a cloaca cuando es necesario que huela a cloaca, que dé frío hasta en la noche más primaveral cuando su protagonista, Segismundo, no encuentra abrigo para sus preguntas, tras despertar de lo que ha parecido la pura realidad. ‘La vida es sueño' de Teatro del Temple suena a verjas chirriando, a cadenas colgando y a goteras inundando el escenario. Y cuando cambia de escena y apaga las luces moradas, verdes, azules y enciende las amarillas, las naranjas y las rojas, logra que los espectadores sientan el calor de la Corte, el sonido de los vasos y las lámparas de cristal.
Como bien advierten sus ilusionistas, la obra es ritmo; intransigente en el pestañeo. Y aunque requiere, como las películas en un idioma extranjero para quien lo maneja bien, de unos minutos de tregua para asimilar el castellano antiguo como un lenguaje conocido, una vez que la concentración del espectador alcanza el mismo nivel que la de los intérpretes, quien se encuentra sentado sobre su butaca ya no abandona la fase REM hasta que José Luis Esteban, tan alto como él mismo en su papel de Segismundo, da por concluida la función tras una hora y media de vertiginosa levitación.
No obstante, no es José Luis Esteban, Segismundo, el único que se encuentra en la cúspide del sueño al volver a colocar sobre la almohada y apagar las luces del Teatro al clásico de Calderón de la Barca. Todos, absolutamente todo los actores, incluido Gonzalo Alonso, el músico, llegan al final en la cima. Para explicarlo, basta el protagonismo que Yesuf Bazaán (Basilio), Félix Martín (Clotaldo), Minerva Arbués (Rosaura), Francisco Fraguas (Astolfo), Encarni Corrales (Estrella) y el divertido Alfonso Palomares (Clarín) adquieren en las líneas del autor del Siglo XVII que le permitieron entrar también en el de Oro: "¿Qué es la vida? Un frenesí/ ¿Qué es la vida? Una ilusión/ una sombra, una ficción;/ y el mayor bien es pequeño;/ que toda la vida es sueño/ y los sueños, sueños son". El monólogo era tan coral, que hasta el público susurraba; de forma dulce, delicada, con besos en los labios y caricias en las manos, con mucho cuidado y respeto. Con todo el temple.
‘Cronología de las bestias', la verdad sobre la mentira CRÓNICA 29/04/2018
Con un gran fundido a negro, un fundido total. Así comenzaba ayer en el Teatro Juan Bravo de la Diputación ‘Cronología de las bestias'; avisando de las tinieblas que envolvían al texto de la obra de Lautaro Perotti y de la oscuridad que llevaba dentro cada personaje. Algo que iba a quedar marcado también, desde el principio, en las caras y las vestimentas de sus protagonistas y, cómo no, en un gran árbol desnudo que ocupaba parte del escenario y en el sonido de los cuervos ?porque sólo podían ser cuervos? que se escuchaba de vez en cuando completando la escena.
El teatro, sin embargo, presentaba una escena completamente diferente; alegre y colorida. La presencia de Carmen Machi en el cartel había conseguido colgar una vez más el cartel de aforo completo y los segovianos esperaban expectantes la vis más negra de la actriz, que en ‘Cronología de las bestias' se intuye desde su jersey, su pantalón y sus botines negros y queda aclarada en la falta de empatía que su personaje, ausente de la realidad desde su nombre, Olvido, muestra con el resto de su familia; una familia marcada en rojo por la desaparición de un hijo cuando tenía 12 años.
No obstante, y entre tanta incertidumbre desde las primeras escenas, en las que se puede presuponer que un asustadizo y carente de palabras ?como una auténtica bestia? Patrick Criado, es ese hijo que regresa once años después de su desaparición, el público segoviano descubrió que la mayor certeza y realidad, despojada de cualquier mentira, que iba a apuntar en su memoria y que difícilmente borraría el paso del tiempo, iba a ser que Pilar Castro es una actriz bestial. Con sus palabras temblorosas, su insistente idea de tejer un jersey para Beltrán (Patrick Criado), con su obsesión por hacer llegar todo tipo de novedad a oídos del cura o con su inocencia para creerse, de verdad, las mentiras que otros personajes sabían creer de mentira, Pilar Castro conquistó al público del Teatro Juan Bravo, que salió del auditorio reflexionando sobre el poder asfixiante de la mentira. Y en concreto, de la mentira propia.
Sobre el escenario del teatro los gritos iban en aumento, las lágrimas empezaban a asomar, la entereza se iba deshaciendo y los portazos dejaban de servir como punto y final a las discusiones. A través de veinte minutos de final trepidante, ‘Cronología de las bestias' se convertía en ese legado que toda familia ha heredado sobre alguno de sus miembros. Ese agujero negro que es mejor tapar aunque el material de taponado no convenza. Esa bola de nieve que va haciéndose más y más grande hasta que llega un punto en el que lo mejor es tirársela a alguien a la cara, aunque esté compuesta de agua y tarde o temprano se vaya a deshacer por alguna parte. Ese cuento que de tanto escuchar por las noches se convirtió en parte de la Historia de la familia. Mitos, leyendas, mentiras, que en algunas ocasiones son fundidos a negro desde el principio.
Bekker en cuerpo y alma CRÓNICA 28/04/2018
La entrada de Clarence Bekker ayer por la noche en el Teatro Juan Bravo de la Diputación, cantando desde la puerta de acceso al patio de butacas, mientras su joven banda había comenzado a tocar los primeros acordes cuando el público estaba ya sentado y preparado para verle aparecer por el escenario, no fue una casualidad. Bekker acababa de hacer toda una declaración de intenciones.
Hay obras de teatro que comienzan con sus actores entre el público y hay conciertos que dan inicio con una entrada triunfal del vocalista apareciendo desde atrás. El Teatro Juan Bravo se presta a ello, tiene anchos pasillos en los laterales, unas escaleras que suben al cielo a ambos lados del escenario y siempre es sorprendente que el inicio del cosmos no esté donde se le espera. Sin embargo, en la mayoría de esas ocasiones, la acción comienza y acaba en ese momento y el resto del espectáculo transcurre y termina según lo previsto. No fue así con Bekker, que tiene apellido de poeta anárquico.
El cantante holandés, de acento americano y difícil y divertido español, pese a llevar décadas en nuestro país, rindió un homenaje al público desde la primera canción hasta la última y lo involucró en todo momento para terminar de confirmar lo que rumoreaban desde la apertura de puertas los trabajadores del teatro, presentes en la prueba de sonido; que Clarence Bekker y su banda eran un auténtico espectáculo. Cierto es que a los espectadores, inevitablemente castellanos, les costó entrar en el juego hasta que Bekker cantó ‘Purple rain'; pero a partir de Prince el reinado de Bekker fue una democracia en la que el público tuvo en todo momento voz y en muchas ocasiones, especialmente llegando al final, botó. Los asistentes celebraron fuerte la elección de Bekker de incluir ‘Ain't no sunshine' en el repertorio y cantaron a pleno pulmón el ‘Stand by me' de Ben E. King que tantas satisfacciones le ha dado a Clarence Bekker, convirtiéndolo en uno de los grandes protagonista del movimiento Playing for Change. Además, y antes de que el canario Charly Moreno se quedase solo en el escenario para ofrecer un solo imposible de bajo, Clarence Bekker, bromista y conquistando al público con su cercanía, habló a los espectadores del Teatro Juan Bravo sobre su ego para terminar invitándolos a gritar "¡You're simply the best!", después de cantar a capela cada una de las estrofas del éxito de Tina Turner.
Con una banda procedente de toda la geografía española y formada por un joven y estéticamente muy cercano a los videoclips de los años ochenta Arecio Smith a los teclados y al saxofón, Francisco Guisado ‘Rubio' a la guitarra, Charly Moreno al bajo, y un enérgico Carlos López a la batería, Clarence Bekker dio todo el sentido del mundo a la palabra que lo había convocado sobre el escenario segoviano. ‘Soul', alma, fue lo que entregó con una voz inacabable y potente Clarence Bekker durante una hora y media al público segoviano, que también aplaudió su entrega en cuerpo y acabó bailando tanto como él, convirtiendo el ambiente serio y teatral del principio en una auténtica revolución, digna del mismísimo Tracy Chapman.
‘Trau' es sinónimo de poesía CRÓNICA 22/04/2018
Decía Guillem Albà ayer sábado, mientras se despedía en la puerta del Teatro Juan Bravo de la Diputación de las personas que habían asistido a ver ‘Trau', que su compañía, amante del teatro artesanal y de los viajes de largo recorrido, cuenta con otro espectáculo "más poético" que el que tuvieron ocasión de ver los segovianos. Y créanlo, la hazaña parece harto complicada cuando se da cuerda al reloj hacia atrás y se repasan 65 minutos, 3.900 segundos, de instantes repletos de versos en forma de gestos, de melodías, de objetos y de reflexiones. Quien suscribe desconoce si existe una traducción del catalán para ‘Trau', pero si la hay tiene que ser, debe de ser, un sinónimo de ‘poesía'.
Acababan de abrir las puertas del Teatro y de fondo ya se escuchaba una música suave, de espectáculo delicado; de esas que invitan a sentarse en una butaca y esperar con sonrisa de niño ilusionado que llegue el momento en que la música cese y suceda algo. Alguien. Que llegue la sorpresa. Y ésta, en el caso de ‘Trau', era un narrador que, poniendo cuerpo a esas voces en off que salen en las películas explicando qué es lo que le gusta y lo que no le gusta al protagonista, comenzaba por presentar a Trau, un ser de cabeza ahuevada, nariz y orejas grandes, vestimenta curiosa y zapatos gigantes. La poesía ya había entonado sus primeros versos gracias a los primeros destellos conocidos de la escenografía creada por Alfred Casas; un reloj que daba inicio a una cuenta atrás o una caja de mandos desde la que el narrador daba luz y notas a la historia. Algo que se iba a quedar en nada, momentos después de que Trau cantase las primeras estrofas de una canción en la que el público iba a conocer en primera persona qué eran esas bolsas que colgaban del techo de la vivienda del protagonista y qué hacía éste con ellas cada vez que deseaba volver al pasado; un pasado tan feliz como inacabado. Después de esta canción, el silencio; hecho, una vez más, poesía.
Trau, Guillem Albà, se entregaba entonces a una mímica explícita, de las que lo narran absolutamente todo sin más necesidad que la expresión corporal y las onomatopeyas, los ruidos, el poder de los ojos. El público a veces sonreía y otras veces elegía la carcajada para entender la ternura que el personaje ideado por la compañía catalana les había puesto enfrente; un personaje al que iba a dar aún más sentido la transformación del narrador de la historia en su único amigo. El último que le quedaba. Para ese momento, la belleza de las melodías compuestas por Anna Roig, recordando a la música mágica de las películas francesas, y de la escenografía diseñada por Alfred Casas ya estaba fuera de dudas; cachivaches que emulaban la consulta del médico, armarios que se abrían transformándose en máquinas del tiempo, sofás de los que brotaban artilugios… Poesía.
Con Trau y su amigo ya sobre el escenario, el teatro de sombras también aparecía en escena, y para completar el soneto perfecto, sobre las tablas del Juan Bravo sucedía la reflexión; la tristeza cosida a la alegría embolsada del protagonista. Explicar cómo resuelve esa rima Trau sería dar por acabada esta crónica; así que quizás, lo mejor es que estas letras también sean atrapadas por una sábana blanca y que quien quiera conocer la historia de ‘Trau' a fondo se acerque hasta un escenario para comprobar que hay montajes que son mucho más que teatro; son auténtica poesía.
Noche de pasión y nostalgia con Mariola CRÓNICA 21/04/2018
Mariola; nombre imponente, con personalidad, fuerte y con aires de recuerdo. Podría serlo de tango, como Malena. Pero teniendo en cuenta lo escuchado ayer en el Teatro Juan Bravo de la Diputación en boca de Mariola Membrives, en realidad puede serlo de lo que quiera; de bolero, de copla, de ranchera, de canción de autor o de fado. Da igual. Sus letras tienen rima, aureola, y convertidas al jazz dejan a Mariola en un lugar privilegiado. Vestida de rojo. Apostándolo todo a la pasión, que es sustantivo de vehemencia, de dominio y también, sabiéndola llevar, de elegancia.
Porque elegante fue un rato Mariola Membrives; en concreto una hora y veinte minutos, que fue lo que duró el concierto, enmarcado en el ciclo ‘El mejor jazz, soul y blues'; desde el primer ‘Barro tal vez' de Luis Alberto Spinetta, en el que Mariola no fue traidora porque avisó de que ya se iba haciendo más música que canción, hasta la última palabra del mismo autor en ‘Muchacha (ojos de papel)' con la que Mariola, animada por su saxofonista, Gorka Benítez, puso fin al recital.
Sentada en todo momento sobre una pequeña silla situada en el centro del escenario, de la que sólo se elevaba ligeramente, apoyándose en un brazo mientras sujetaba el micrófono con la mano del otro, en determinados momentos de locura y rabia de algunas canciones, Mariola Membrives llevó al Teatro Juan Bravo por un paseo que, si se cerraban los ojos, el espectador se podía imaginar en medio de una película de Woody Allen, por la noche, reflexionando sobre lo estúpido que es el amor a veces… y otras veces también la vida. Nostalgia, recuerdo, dolor y corazón se agarraban a la garganta de Mariola e incluso brotaban de sus ojos, con una luz roja sobre ellos, convirtiéndose en lágrimas, en algunas de las sentencias de las verdades de Consuelo Velázquez, José Alfredo Jiménez o Joan Manuel Serrat, mientras la cantante miraba de reojo a Jordi Bonell, sentado a su izquierda, abrazando a la guitarra, o sonreía al ver los brazos de plastilina de Gorka Benítez saltando de nota a nota del saxo.
Benítez, el único que permaneció de pie durante el concierto, además, se animó a tocar la flauta en algún tema, poniéndose de puntillas de vez en cuando para alcanzar los compases más agudos, y acompañó a las palmas a Mariola cuando el paseo, en canciones como en la que Mariola versionó a Javier Ruibal, atravesaba por melodías que llevaban a calles de bullicio y personas de viernes por la tarde. La voz de Mariola, quien agradecía entre tema y tema el silencio del público y sus aplausos, a veces se hacía confesión y otros lamento, bajando y subiendo a su antojo mientras Jordi Bonell aprovechaba las pausas dentro de la misma melodía para cambiar la cejilla de traste.
Después de recordar la copla de Carlos Cano con ‘Antonio Vargas Heredia', hubo incluso alguna persona entre el público que dejó saltar del patio de butacas al escenario un "olé" y quien, en la intimidad y la cercanía que ofrecía el concierto y los artistas, apuntó un "nos has emocionado". Mariola terminó su actuación, antes de volver a Spinetta en los bises, entre poemas cantados de Jorge Amado en portugués, la niñez de ‘Chiquilín de Bachín' y el ‘Dance me to the end of love' de Cohen de una forma aflamencada. La noche, el paseo con sus cuerdas vocales como sandalias, había sido de pasión y de nostalgia. Y cantar su nombre, Mariola, será a partir de ahora, un tango, un bolero o una ranchera, sencillos de recordar.
‘Electra', mitología a cucharadas de carcajadas CRÓNICA 15/04/2018
Directa. Sencilla. Aplastante. Básica. Concluyente. Rápida. Limpia. Electrizante, en honor a su nombre. Así es la ‘Electra' que Companhia do Chapitô representó ayer sábado sobre las tablas del Teatro Juan Bravo de la Diputación; sin fisuras ni miramientos, sin rodeos ni antecedentes. Quienes asistieron al auditorio regresaron a casa con una lección de mitología griega en la memoria que difícilmente será olvidada.
En su ‘Electra', la Companhia do Chapitô utiliza sus mejores armas; su sentido del humor y su fortaleza interpretativa corporal. El texto, a pesar de lo que posiblemente pensaron los espectadores al adquirir su entrada sí estaba presente a lo largo de toda la obra, pero de una manera tan básica, con unas expresiones tan sencillas, que entregaba todo su poder a las sentencias contundentes y los gestos faciales y corporales. Éstos, es preciso decirlo y subrayarlo, se veían en todo momento complementados por la elasticidad de decenas de cucharas, de cientos de cucharas, que tan pronto ejercían de flor, como de cuchillo.
Así, quien inventó el término ‘tragicomedia' se quedó corto para describir la manera de trabajar de la compañía lusa, que a base de frases tan cortas como llenas de sarcasmo fue troceando la tragedia de la familia de Agamenón, llena de infidelidades, de venganzas, de sacrificios, de caprichos de los dioses y de sangre derramada, hasta hacerla pedacitos para convertirla en una comedia en la que Historia se aprende de forma fácil y práctica; a cucharada y carcajada limpia.
En medio de todas las muertes y las batallas que rodean a la historia de la familia del rey de Micenas, el público encadenaba de manera irremediable una carcajada limpia y seca tras otra. Y es que resultaba imposible no hacerlo, al contemplar diálogos como el del propio Agamenón y su hija Ifigenia, a quien había sacrificado a los dioses años antes a cambio de viento favorable para ir a la guerra, en sus respectivas tumbas, o al observar cómo la escena se transformaba con un rápido cambio de luces, de la guerra de Troya en la que combatía Agamenón a la pasión infiel de su esposa con el primo de su marido, Egisto. Sin desestimar, por ejemplo, el momento en el que Electra le pregunta a su tío si sabe qué plato se sirve frío; "la ensalada griega", contesta con rotundidad Egisto.
La misma rotundidad con la que los espectadores del Teatro Juan Bravo aplaudieron una obra fresca. Inteligente. Hilarante. Reveladora. Elocuente. Resuelta en apenas una hora. De esas que quizás, si fuesen mostradas a un público adolescente, lograrían captar su atención y su interés por lo que los libros de Historia explican de forma densa, trágica y dramática; a cuchillazos en vez de a cucharadas.
Pasajeros al blues CRÓNICA 14/04/2018
La noche de ayer viernes en el Teatro Juan Bravo de la Diputación comenzaba con una cuestión seria. Seria y con chaleco. "¿Queréis subir al tren del blues?", preguntaba al público Jorge Otero ‘Jafo', bajista y, sin embargo, alto líder de Blues Train. El público, que prácticamente llenaba el patio de butacas, respondía con efusividad que sí, que por supuesto; para eso habían comprado una entrada para el primero de los conciertos del ciclo ‘El mejor jazz, soul y blues', que continuará con los recitales de Mariola Membrives el próximo viernes 20 de abril y de Clarence Bekker el 27. Anoche tocaba el blues y los pasajeros se dejaron llevar por un sonido de luces tenues y rojizas, humo, velas y crujir de hielos en un vaso ‘old fashioned'. Aunque faltaba el atrezzo, las butacas del Teatro no lo echaron de menos.
El viaje, que fue menos movido que el que había propuesto el huracán Parker hace unas semanas, siguió permitiendo a las piernas seguir el compás, a las manos ejercer de baquetas y a las cabezas pendular de un lado a otro no perdiendo de vista el ritmo. Lo hizo de una forma calmada, tranquila, con esos sobresaltos que permite el blues de vez en cuando y que comienzan con la repetición reiterada de un punteo y rompen a llover arpegios en un momento dado, con el latir de todos los instrumentos a la vez. Como si una nota se hubiese quedado colgada, pidiendo ayuda, y todos los intérpretes fuesen al unísono a rescatarla. Así sonaron los Blues Train en la noche de ayer viernes; como un viaje tranquilo en el que por instantes el maquinista gana velocidad y los pasajeros botan ligeramente en sus asientos.
La noche comenzó, tras la pregunta seria y de rigor, con los cuatro músicos artífices de este proyecto sobre los raíles del escenario. Paul San Martín sentado en su teclado a la izquierda, seguido por Alberto Cosgaya con la guitarra, en el centro Carlos Malles a la batería y a la derecha, con un micrófono para ejercer de guía, al bajista Jafo. El hilo musical comenzaba y pronto el tren, como si fuese, en realidad, una máquina de teletransporte, traslasaba a los espectadores a Chicago. Ya no habría manera de moverlos de allí.
Mingo Balaguer, con zapatos de swing blancos y negros, pantalón y camisa negra y tirantes salía al escenario y se colgaba del cuello el cable para electrificar sus armónicas. Lo que sucedía después era algo que el Teatro Juan Bravo no había vivido, al menos en los últimos años: una demostración práctica de todos los sonidos que puede alcanzar ese instrumento. Si los solos de saxo suelen dejar bocas abiertas y ceños fruncidos de concentración, lo que logró Mingo Balaguer, inflando y desinflando sus carrillos, superó toda capacidad de sorpresa. Segovia se habría quedado toda la noche escuchándole y viéndole sostener su peso sobre el pie izquierdo y después sobre el derecho, sobre el izquierdo y sobre el derecho, sobre el izquierdo… Sólo por ver el paisaje que ofrecía Balaguer, quien alternaba los sonidos de su armónica con los de su voz, el precio del billete del viaje habría merecido la pena.
Tres temas después de haber comenzado, salía al escenario el otro ‘primer maquinista' de este tren con rumbo a melodías de Sony Boy Williamson o Willie Dixon. Alex Caporuscio, de apariencia más tranquila que Balaguer, retrasaba el protagonismo de Cosgaya a la guitarra y se hacía dueño del volante de punteos, pareciendo más un comandante de vuelo de dedos. Caporuscio, al igual que Balaguer, ponía voz al paisaje y junto al resto de los Blues Train terminaban llevando, durante cerca de una hora y media, a los pasajeros del Teatro Juan Bravo por los locales más airosos de la ciudad del viento.
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