Hablando en platea
Invitación al amor al flamenco CRÓNICA 07/04/2018
Muchos coinciden en que lo verdaderamente bonito del amor son los principios; el corazón indomable en el encuentro, la iniciación en el descubrimiento, los pasos medidos o el baile lento de las pupilas. Jesús Carmona eligió ayer estrenar ‘Amator' en el Teatro Juan Bravo, un feudo que, sin amar el flamenco, se deja cortejar de vez en cuando como lo hizo ayer o como lo hizo hace un par de meses con Sara Baras. Como lo hará hoy, con toda seguridad, con el público que acuda a ver, a partir de las 20:30 horas, la segunda función de Carmona en Segovia. 
Son emocionantes esas ocasiones en las que los espectadores segovianos, más fríos en el arte de amar que los del sur, así como en la medida de los compases de conquista palma a palma, se dejan enamorar por un taconeo o un cante jondo. Sin que nada tenga que ver con la primavera, del patio de butacas florecen olé's y, cuando la seducción llega a sus minutos finales, ya es difícil imaginar que alguien no trate de llevar las palmas, aunque sea con disimulo, tocando con golpecitos débiles su muslo. En la tarde de ayer, además, ayudaron a crear ambiente algunos familiares y amigos de Carmona y compañía, quienes, al igual que la directora artística de ‘AmatØr', Rafaela Carrasco, se encontraban en el patio de butacas para dejar escapar ánimos y bravos al bailaor y a su póker de ases: Juan José Amador, Jonathan ‘Niño' Reyes y Jesús Corbacho en el cante, y Juan Requena a la guitarra. Y hablamos de ases porque lo cierto es que, al igual que un olor o una sonrisa pueden ser elementos imprescindibles a la hora de ganar una mano agarrada, los cuatro músicos resultaron innegociables para la seducción de Jesús Carmona. 
De repente, el Teatro Juan Bravo se convirtió en un tablao flamenco en el que Carmona empeñó pasos, puntillas descalzas, jaleos de brazos o silencios para encontrar el amor del público por el flamenco en el pliegue de una chaqueta o en el frío de unas piernas cruzadas. Invitó a diez espectadores elegidos al azar a acompañarlos sobre el escenario y dio comienzo a un cortejo en el que hasta la arena y las piedras hacían música para que Carmona bailase.
"Parecía que volaba" comentaban algunos al salir. Y era verdad que el bailaor, a veces sobre una alfombra de césped, con su suave y delicado movimiento de manos en algunos momentos, parecía reflejar esa sensación de vivir flotando que envuelve a algunos amantes. Otras veces, Carmona parecía invitar a una danza lenta a su sombra, reflejada sobre el suelo y las bambalinas, casi siempre acompañada de la guitarra de Requena y de una ?o de las tres? de las voces gitanas que iban despertando, poco a poco, la pasión sobre las tablas del Juan Bravo, hasta pasar a un estado de zapateos desatados y brazos girando a tal velocidad y con tal precisión, que parecían formar círculos en el escenario. Jesús Carmona, quien en las veces impares preguntaba al público para que fuese éste quien llevase el diálogo musical por un género u otro, hacía gala de sus conocimientos sobre los bailes que mueven el mundo y les ponía acento del sur como quien va revelando, secreto a secreto, sus conocimientos musicales, literarios o incluso científicos. 
La matemática del amor no fallaba y a los diez invitados sobre el escenario ya no parecía importarles que, en cada danza agitada, el bailaor repartiese agua desde su pelo como un aspersor, que caía sobre los rostros como rocío. En ellos, por el contrario, se perfilaba esa sonrisa del que se sabe atrapado, ligado, conquistado, seducido, fascinado por un arte que sigue sin comprender bien, pero que le desata algún tipo de locura por dentro y le llena de aplausos, de vítores y de ganas de más.
Lorca correspondido CRÓNICA 24/03/2018
"No leas mis cartas a nadie, pues carta leída, intimidad perdida", escribía Federico García Lorca en una de las múltiples misivas que envió a lo largo de su vida a familiares, conocidos, amigos y amantes. Y pese a todo, ayer más de trescientas personas escuchaban atentas en el Teatro Juan Bravo de la Diputación lo que muchas de aquellas cartas contaban, gracias a la maravillosa interpretación de la actriz segoviana Gema Matarranz y al no menos fabuloso Alejandro Vera en la obra ‘Lorca, la correspondencia personal'. Que les indulte Federico, allá donde quiera que esté, porque difícilmente verá correspondida su sinceridad al expresarse sobre el papel, con tanta verdad como la de los actores de Histrión Teatro sobre el escenario.
Ambos consiguieron desde el primer momento, desde su salida vertiginosa entre el patio de butacas, atrapar la respiración del público. Rápidos, intensos, ágiles en sus movimientos y en sus palabras, verticales en los versos, consiguiendo que ya en los primeros instantes de la función el público se preguntase cómo es posible retener tanta pasión como la que guardan los textos de Federico García Lorca y transmitirla con tanta humanidad y tanta poesía como lo hicieron Alejandro Vera y Gema Matarranz. Mérito aparte también para Juan Carlos Rubio, dramaturgo y director de un puzle en el que no hay sentimiento que no encaje; del entusiasmo a la culpa.
No es sencillo tomarle la voz a la palabra de García Lorca ni es fácil tampoco dotarla de tempo y de gestualidad, de emoción y de silencio. Y sin embargo, en ‘Lorca, la correspondencia personal' ambos intérpretes no sólo lo consiguen con sus poemas, también lo hacen con sus cartas, con sus reflexiones antes de morir fusilado e incluso con sus respuestas a las entrevistas. Si Gema adquiría la personalidad del poeta granadino en un momento dado, Alejandro se convertía en el histrionismo de Dalí al instante; si Alejandro recitaba una de las muchas poesías de Lorca, Gema respondía declamando desde el saludo hasta la despedida una de las numerosas cartas que el escritor envió a sus padres. 
Desde Madrid, desde Nueva York o desde cualquier espera, ambos intérpretes conseguían convertir cada palabra en ritmo, en desgracia, en bocanada o en esperanza, esperando, con ello, conmover a un público que no sólo quedó impactado por la fuerza o la fragilidad de las palabras en los labios de Gema Matarranz y Alejandro Vera, sino también por la delicadeza escénica; esa misma que convirtió en apenas dos minutos un espacio lorquiano en una cárcel de la memoria. Una pared con trampa; llena de archivadores por donde se escapaban los recuerdos en forma de manzanas o de olas, y al que de pronto acompañaba un único foco o la ráfaga de una linterna. Todo dependiendo del momento, de la luz o la oscuridad que aquellos instantes hubiesen reflejado en la vida del poeta. Igual que el vestuario; pasando de la sombra a la luminosidad.
Al terminar, parte del público se puso en pie para corresponder la ciclogénesis de sentimientos que había provocado en ellos la pieza y, en especial, la actuación de Gema Matarranz. Poesía tiene que ser interpretar las palabras de Lorca en el teatro más importante de tu ciudad. Poesía tiene que ser que ese mismo teatro se llene prácticamente para verte. Poesía tiene que ser que la fuerza de unas palmas retorne la fuerza del texto. Abran las puertas del Teatro, abran las puertas del Teatro, que la ovación ya llena hasta el último hueco. 
A Maceo, con amor CRÓNICA 19/03/2018
A Maceo Parker, el medio millar de espectadores que ayer llenaron por tercera noche consecutiva, en un fin de semana para la memoria, el Teatro Juan Bravo de la Diputación, le dirían, le diríamos, con amor, que, en primer lugar, nos hizo sentir esa palabra en una manera en la que muchas veces la hemos conocido, pero quizás no en esa dimensión; no en esa altura, no con esa solidez. Hay que amar mucho la música para, a los 75 años y después de haber hecho el amor con ella en todas las posturas posibles, seguir girando alrededor del mundo con una banda, acostándose con una ciudad y prácticamente despertándose con otra, para, en un momento dado de la noche, subir a un escenario y desprender esa electricidad desde el primero hasta el último de los acordes.
‘Amor' es a menudo una palabra denostada, a ratos desgastada y a instantes excesivamente atrevida. Sin embargo, ayer Maceo Parker, después de empezar por el final, presentando a su banda músico a músico gracias a una intervención muy ‘a la americana' por parte de una señora con zapatos y tocado floreados, demostró que todo, absolutamente todo lo que importa en esta vida, es cuestión de amor. Qué importa levantarse pronto con dolor de huesos por la mañana si por la noche el funk te besa desde los pies a la boca y te puedes marcar un baile casi robótico, limitado por la edad pero no por el ritmo. Qué importa meterse en una furgoneta para viajar de una ciudad a otra del mapa, si al salir y subir a un escenario, el sonido de tu saxofón va a hacer volar de una nota a otra a centenares de personas que celebran que, tan grande como eres, te hayas acercado hasta una ciudad tan pequeña como Segovia para hacerles entender que tienes que ‘Love the one you're with' (‘Amar a aquel/lla con quien estás') y ‘Make it funky' (‘Hacerlo funky') ,o para recordarles que existieron músicos maravillosos como Marvin Gaye, Prince, Ben E. King, James Brown o, cómo no, un imprescindible en la memoria y las influencias de Parker, Ray Charles, que hacen que cada día y cada noche amar la música sea una necesidad básica. Como lo es comer, dormir o, mismamente, amar.
El medio millar de espectadores que ayer eligieron disfrutar de la oportunidad de escuchar a Maceo Parker en directo, fueron privilegiados testigos de diálogos puntiagudos entre el saxofón de Maceo y el trombón de Dennis Rollins, afortunados observadores de algo que a menudo se ve sobre los trastes de una guitarra, pero no sobre la madera de un bajo de seis cuerdas, las carreras de dedos de Rodney Skeet Curtis, o dichosos espectadores de un dueto voz-flauta con su prima y de la interpretación funky de una melodía de jazz. "Ustedes están ahí sentados como si estuviesen en un concierto de jazz, pero nosotros no hacemos jazz, nosotros hacemos funky. Aún así, vamos a hacer una rápida interpretación de un tema de jazz… a nuestro ritmo", anticipaba Maceo Parker con esa sonrisa burlona que hizo reír al público desde su primera aparición. Por no hablar de sus pasitos de baile…
Prácticamente entre tema y tema, Parker hablaba con un acento afroamericano de Carolina del Norte tan difícil de cazar como sus dedos sobre el cuerpo del saxofón, pero que a veces por entenderse, y otras por deducirse, provocaba que los aplausos ejerciesen un efecto dominó entre los espectadores. Éstos, cuya gran mayoría admiró y amó el concierto brindado por Maceo desde el asiento pero sin cesar en el movimiento de cuello para adelante y para atrás, de manos sobre los muslos como si fuesen las cajas de una batería o de pies inquietos marcando el compás, fueron incapaces de resistir en los últimos temas y acabaron de pie, moviendo la cadera y dando las palmas que Maceo Parker les pedía. Haciéndolo funky y repitiendo, espontáneos "¡Viva la madre que te parió!" y requeridos "I love you" desde el escenario. Pues eso; que viva Novella Parker y que viva el amor por la música.
‘Irreverendo' Albert CRÓNICA 17/03/2018
Hay que estar muy loco o ser muy genio para cuestionar muchos de los dogmas, mitos o juicios establecidos por la sociedad. Atreverse a decir, por ejemplo, que un cuadro pintado por Antoni Tapies es una "mierda" con todas sus letras o que en el Reina Sofía, entre miles de obras alguna tiene que haber que merezca la pena. Lo cierto es que Albert Boadella, que ayer se subía al escenario del Teatro Juan Bravo con su ‘Sermón del bufón', lleva años, muchos, desde que fundó Els Joglars, ?y en Segovia se ha comprobado muchas veces? siendo un incómodo compañero de las verdades absolutas y de los dudosos conceptos de la vida y del arte en todos sus registros. Una mosca para lo políticamente correcto. El hecho de ponerse en duda hasta a sí mismo y de ser irreverente hasta con algunas de sus propias creaciones debería bastar para tener fe en su discurso y entender que a veces la palabra de Albert, y a veces la palabra de Boadella, bien merecen un ‘amén'; que más que un ‘así sea', es un ‘así es'.
Y así lo entendieron también ayer las cerca de quinientas personas que asistieron al Teatro para ver al artista ‘excatalán' reírse de todas aquellas situaciones reales que, como bien indicaba Albert o su versión madura, Boadella, suelen superar hasta la más cierta ficción. El bufón para unos y genio para otros desdobló su personalidad para hacer comprender al público que prácticamente todas las situaciones en las que las personas se ven envueltas llevan intrínsecas una doble moral que a veces se pelea y lucha por sacar adelante la más correcta. Todos tenemos dentro un Demian que compite con la conciencia por decir en voz alta, por ejemplo, que hay obras de arte contemporáneo que parecen un bolígrafo destintado o que existen creaciones teatrales o cinematográficas que, de trascendentales, son absolutamente intrascendentes. Y aburridas, muy aburridas.
A ratos ayudado por aquel Albert a veces insensato e impertinente, y otras valiente, que fundó Els Joglars y en otras ocasiones por medio de la madurez del Boadella que reflexiona y revisa sus opiniones, Albert Boadella recordó algunos episodios de su infancia, otros de su estancia en Francia y, ayudado por una serie de proyecciones, muchos de su larga trayectoria como director de la compañía catalana en la que, después de cincuenta años cedió el testigo a Ramón Fontserè. Así, muchos espectadores que llevan siguiendo su carrera artística desde hace décadas pudieron recordar la ‘polémica' ?por ser políticamente correctos? que desencadenaron montajes como ‘La Torna' o ‘Teledeum', y otros que le han seguido más de cerca en los últimos meses a raíz de la creación de Tabarnia pudieron conocer que Albert Boadella nunca se ha casado con nadie y que el mismo que en un principio cuestionó el arte del silencio y la expresión corporal del mimo fue luego quien dio a conocer a su compañía a través de esta técnica teatral, o que después de poner en pie de guerra al Ejército con una obra utilizó como arma al mismo teatro para protagonizar una fuga de película. El Rey o el Jordi Pujol que tanta inspiración le ha generado, tampoco escaparon del escenario en ‘El sermón del bufón', que como era de esperar, tuvo en Cataluña, el Govern y Puigdemont un decorado en el que perderse y encontrarse de forma puntual y oportuna.
Con el púlpito sobre el escenario y con el pálpito en el corazón de quien se sabe rey para unos y bufón para otros, Albert y Boadella volvieron a unirse en el centro del escenario para despedir a una parroquia que le da la bendición cada vez que visita Segovia y que aguardará con fe su próxima confesión, sabiendo que en sus palabras habrá cosas con las que comulgar mejor y otras con las que callar para siempre.
Lo que más vale del mundo CRÓNICA 11/03/2018
Es una especie de ritual de religión; llega la noche del martes o la del viernes, la mañana del miércoles o la del sábado, y los ojos de muchos se van a los resultados del Euromillón, a ver si por una vez en la vida se ha producido un milagro que en el 99,9% de las ocasiones nunca se da. Pero da igual, se vuelven a invertir cinco euros semanales y vuelve la fe, la esperanza el "Si nos toca…". Vuelven las listas de las compras imposibles, las casas y los coches de tamaño máximo y los viajes alrededor del mundo. Eso sí, siempre o en el 99,9% de los casos, acompañados. Porque no hay mayor tristeza que disfrutar de una lotería en soledad. Y eso; que lo que más vale del mundo no es el dinero, sino la lealtad a uno mismo y a los demás, nos lo vino a confirmar ayer en el Teatro Juan Bravo de la Diputación Llum Barrera. O su personaje, Martina. 
Es curioso, porque cuando una comedia llega porque toca puntos en las emociones de los espectadores que son compartidas con el protagonista de la obra, en las butacas, abajo y arriba, se dan, por momentos, murmullos inevitables. Podría pensarse que tiene que ver con la mala educación o la falta de respeto, pero nada más lejos de la realidad. Son comentarios espontáneos, naturales, empáticos; que lo único que tratan es de advertir o de comparecerse con el o los protagonistas del espectáculo. Son como los aplausos que rompen fuera del protocolo. Ayer hubo varios momentos de murmullos, varias caras de compasión y unas cuantas sonrisas de lástima.
Y es que, básicamente, lo que Llum y Martina vinieron a contar fue que no hay manera de pagar por la amistad incondicional de alguien que te advierte de lo malo igual que celebra contigo lo bueno, ni hay forma de recopilar billetes que den lugar a la llamada de un hijo, ni hay dinero que valga para traer de vuelta lo que se lleva el Alzheimer, ni existe moneda de cambio para rascar hasta descubrir el amor verdadero de una pareja. La actriz y su personaje también vinieron a contar que, sin embargo, la codicia y la avaricia sí pueden destruir un tipo de felicidad que, en el fondo, puede que fuese todo hipocresía.
Durante cerca de una hora y media, Llum Barrera se enfrentó a todas esas reflexiones sola, sin más ayuda que la de una taza de agua para aclararse la voz de vez en cuando y una escenografía que a veces le otorgaba una pequeña pausa en forma de música o de cambio de luces, además de la recreación de algunas conversaciones ya vividas. 
El público, que llenó el Teatro, volvió a aplaudir la sinceridad y el brillo en los ojos de la actriz, que tuvo momentos en su mirada, y en la seguridad e inseguridad de su voz, para la nostalgia, para la culpa, para la ironía, para la valentía o para la superación. Todo ello necesario para impartir, desde las tablas y el guión adaptado de Yolanda García al texto de Grègoire Delacourt, una lección de vida que, seguramente, haga afrontar con más cautela de la habitual, a quien estuvo ayer presente en el auditorio, ese ritual de religión de la noche del martes o del viernes, de la mañana del miércoles o del sábado. Los milagros, en el 0,1% de las ocasiones existen, pero hay que tratarlos con cariño y lealtad.
Tristana y los derechos de la naturaleza CRÓNICA 24/02/2018
Después de ver a Olivia Molina en el papel de Tristana resultará complicado imaginar, si en algún momento fuera preciso, una Tristana que no sea ella. Benito Pérez Galdós estaría agradecido ?que no en deuda; uno de los principales dilemas que plantea la obra? de que Eduardo Galán y Alberto Castrillo-Ferrer la eligieran a ella y no a otra para un papel con tanto entusiasmo, con tanta vitalidad, con tanta inocencia y tanto ímpetu. Olivia Molina consiguió ayer en el Teatro Juan Bravo, desde las primeras líneas, que los aplausos que parecen derecho de la naturaleza en el teatro fuesen, además, obligación. 
Parece complicado hablar de la obra sin mencionar una y otra vez la verdad que la pequeña de los Molina le da al texto, desde la primera conversación de Tristana con Saturna, una Diana Palazón que termina de alinear los planetas del guión de Pérez Galdós con el equilibrio que brinda a las relaciones de la protagonista con su reducido mundo, hasta la última imagen, del brazo de Don Lope en el altar, logrando crear en el espectador un sentimiento ambiguo. De pena porque la romántica Tristana no consigue ni uno de sus propósitos y de alegría por sentir que quizás el viejo tiene algo de corazón; pese a que éste no esté encajado en el hueco de la joven, al menos a Tristana le quedará un futuro digno, aunque no sea prometedor.
Benito Pérez Galdós le pedía a Tristana ilusión, imaginación, ensoñaciones y mucho brillo en los ojos en las primeras líneas de la obra. Y Olivia Molina cambiaba de postura de forma insistente, le contaba a Diana Palazón que le gustaría ser escritora y nunca jamás casarse, le hablaba de ser ministra y se subía a la mesa con las enaguas encogidas mirando al horizonte. Un horizonte en el que después, Pérez Galdós era tan cruel de pedirle a la misma Tristana nostalgia, tristeza, enfermedad y autocompasión. Si acaso una pizca de rabia. El gesto de Olivia Molina iba cambiando a medida que los derechos de la naturaleza que Tristana creía certeros se iban desvaneciendo con la historia, a media que la protagonista iba enfermando y también a medida que su relación de amor idílico con Horacio se iba diluyendo como acuarela.
Lo más curioso para los espectadores fue, seguramente, comprobar cómo entre expresiones arcaicas y sonrojantes, especialmente en las escenas de amor y misivas, el texto de Benito Pérez Galdós seguía contando con situaciones que no resultarían tan extrañas en el mundo femenino del siglo XXI. Situaciones que cualquiera de las mujeres y muchos de los hombres de hoy en día entenderían como derechos de la naturaleza y que, pese a haber pasado ya más de 120 años, otros muchos hombres y, lo que es más triste, algunas mujeres, seguirían entendiendo como concesiones de la sociedad. "Lo bonito es que Tristana no levanta banderas, lo hace por derecho natural", contaba Olivia Molina a una entrevista realizada por el Teatro Juan Bravo sobre el feminismo de la protagonista. Y era verdad. 
Beatles para crecer CRÓNICA 19/02/2018
Todo empieza con un ‘Across the Universe' muy suave, acorde con el silencio que en un principio tratan de imponer los mayores a los niños. Cada cual ocupando su espacio; su silla o su trocito de suelo; los pequeños sobre las piernas, y los brazos de los mayores rodeando por las axilas los diminutos cuerpos aún agazapados. Algunos de ellos conscientes de que están en un teatro; en un sitio donde suelen ir los mayores. Con los intérpretes de La Petita Malumaluga tocando flojito el chelo, el saxo, el violín y las percusiones. Suave, muy suave; tan suave como cuando se camina con los pies descalzos.
Después no se sabe muy bien qué ocurre, que los niños acaban invadiendo el escenario, y lo que al principio era una danza leve de una de las componentes de la compañía, en un vaivén de lado a lado del escenario tratando de proteger de las caídas a los niños, sin que éstos se enteren, se convierte en un baile común, caótico pero absolutamente en orden, mientras los músicos siguen tocando sin despistar las partituras que tienen en su cabeza. Algunos niños mueven pañuelos, otros son capaces de seguir, aunque sea por segundos, el compás, otros no entienden de ritmo pero se mueven y golpean deliberadamente unos tubos de percusión y otros sonríen porque lo están pasando en grande viendo a sus mayores pasarlo como enanos.
Resulta difícil recordar en qué momento exacto sucede ese estallido del ambiente, en qué canción, si es en ‘I want to hold your hand' o en ‘Yellow submarine'. Es complicado asegurar que ocurre en uno de los constantes cambios de luces que contribuyen a captar la atención de los bebés o en el momento en que Albert Vilà golpea los cuatro bombos que cuelgan del techo y en los que se puede ver las caras de los cuatro escarabajos de Liverpool. Podría intuirse que es en alguno de esos segundos en los que del cielo caen papeles a modo de confeti, abriendo de asombro las bocas de los minúsculos espectadores. Como si fuera magia.
Y lo cierto es que todo en ‘Bitels para bebés', que ayer se representó hasta tres veces en el Teatro Juan Bravo, es mágico; desde el momento en que los carritos se aparcan a la entrada del teatro y padres, madres, tíos, abuelos, niños y niñas se quitan los zapatos y los arrinconan en el patio de butacas, hasta el instante en el que Albert Vilà y el resto de la compañía recogen, junto a grandes y pequeños, los materiales que les han servido para mantener, durante más de media hora, entretenidos y abstraídos por la música a decenas de niños que no superan los cinco años. Todo es mágico y no sólo porque suenen los acordes de John y Paul, que también. Es imposible que no sea mágica la idea de atrapar entre cuerdas a las personas, cuando aún no levantan dos palmos del suelo, con el sonido en directo de un ‘¡Hey Jude!'.
Entre la fantasía y la aquilana actualidad CRÓNICA 18/02/2018
Existe la teoría de que el arte, para serlo, ha de perdurar en el tiempo sin perder actualidad ni propósito, y siguiendo la teoría, se puede asegurar desde todas las perspectivas posibles que lo que hizo ayer Nao d'amores en el Teatro Juan Bravo de la Diputación fue arte. Es cierto que gran parte del mérito lo tiene Bartolomé de Torres Naharro, autor de ‘Comedia Aquilana', un texto que quinientos años después, cambiando el castellano antiguo de -por ejemplo-, un "no se pescan truchas a bragas enjutas" por un actual "quien quiera peces que se moje el culo", no ha perdido ni una línea de actualidad en su fondo, pero también hay que otorgarle gran reconocimiento a Ana Zamora y su gente, que han vuelto a dar la oportunidad al público de conocer de cerca algo que podría quedarse muy lejos si no fuese por el trabajo de compañías como Nao d'amores o la Compañía Nacional de Teatro Clásico, coproductoras de la obra.
El hecho de que, sin embargo, sí haya perdido esa actualidad en sus formas, ya que ahora las extravagantes vestimentas simulando un huerto o la importancia de la música en directo para ambientar las escenas resultarían algo más complicado de encontrar de forma regular en los montajes vanguardistas –o no-; por no hablar de un guión escrito en verso… hacen que la idea de Nao d'amores de dar inicio a la obra con la representación de Torres Naharro explicando cómo ha de ser una comedia, qué tipos de comedia existen o qué es lo que va a suceder en la comedia que los espectadores van a presenciar a continuación, resulte una genialidad más de una compañía que entiende que entender, de repente, una obra en castellano antiguo puede resultar toda una ‘fazaña' para oídos despistados.
De este modo, con la breve explicación de Torres Naharro, comenzaba una obra que después iba a conceder al público lo que ofrecen las comedias románticas de hoy en día: un hombre, una mujer, el amigo de él y la amiga de ella, un enamoramiento y un tira y afloja, un consejo absurdo y otro consejo atrevido, el consentimiento de un padre, una locura y una cordura… la vida. La misma vida de ahora era la trama de lo que Torres Naharro denominó entonces como una comedia a fantasía.
Teniendo en cuenta que se trataba de una obra de este género, no faltaron las risas en el Teatro Juan Bravo, algo que habla nuevamente del arte que encierra en su texto ‘Comedia Aquilana'. Y es que lo que en el siglo XVI escribió Torres Naharro para hacer reír a su público hacía reír también a un público del siglo XXI que llenó el Teatro para este estreno nacional, devolviendo así la confianza a una compañía extrañamente necesaria. ‘Comedia Aquilana' terminaba con un consejo o moraleja: si el amor llama a tu puerta, déjalo entrar. Si es el teatro clásico el que llama, entra tú también; quizás no te acabe sorprendiendo tanto.
‘Perplejo' o la locura transitoria CRÓNICA 04/02/2018
Lo malo de la locura y de los extremos, es que muchas veces nos tocan. Que habrá millones de situaciones que nos parezcan absolutamente desencajadas de puertas de nuestra casa para fuera, pero que una vez dentro, muchas de esas millones de cosas encajan, casi a la perfección, en los cajones de nuestros armarios.
‘Perplejo', la obra que ayer representó IlMaquinario en el Teatro Juan Bravo de Segovia, tiene mucho de eso. Es cierto, quizás, que en muchas de esas situaciones algo llevado al extremo, pero resulta difícil comprender que nos choque ver a un hombre paseándose desnudo por el salón de su casa cuando, posiblemente, hayamos desfilado como Dios nos trajo al mundo en varias ocasiones por los pasillos de las nuestras. Eso es precisamente lo inquietante que tiene ‘Perplejo', y posiblemente una de las razones de peso para que fuera candidata a los Premios Max, los más importantes del teatro español; que nos deja perplejos ante la realidad más absoluta. Ante las infidelidades, ante las rabietas insoportables de nuestros hijos, ante la falta de honestidad de los propietarios de los alojamientos donde llegamos con nuestras maletas después de una reserva ilusionante o ante los confesores y ‘confusores' efectos del alcohol en casa de nuestros amigos. Todo ello respaldado por un guión cargado de comedia y un vestuario tejido con carcajadas; mención especial para el disfraz de Laura Mínguez.
El guión escrito por Marius Von Mayenburg y adaptado por Tito Asorey tiene un ritmo trepidante entre todas esas situaciones que hace que ‘Perplejo' parezca la más absoluta locura transitoria de una escena a otra, sin necesidad de cambiar de escenario; simplemente con el hecho de cerrar una puerta. La obra transita entre un espacio de la vida y otro con diálogos que rozan el surrealismo, pero que son pronunciados por los cuatro actores con tal naturalidad –quizás por eso ninguno de ellos cambia de nombre al interpretar a su personaje- que consiguen lo que su creador se propone: que el público dude de cualquier aparente certeza. 
Con ‘Perplejo', la mayoría de espectadores que acudió al Teatro Juan Bravo pasó un rato divertido en el que también se escaparon muchas risas y sonrisas delatadoras. La locura transitoria fue llevada hasta el final de forma magistral por los cuatro intérpretes, que acabaron desmontando ellos mismos parte del escenario, prácticamente como si nada de todo aquello hubiera sucedido; ofreciendo una razón más para calificar la pieza de original y arriesgada. 
Vidas de humo CRÓNICA 29/01/2018
Nadie conoce a nadie. Esta frase que se repite en un par de escenas de ‘Smoking Room', la obra que subió ayer al escenario del Teatro Juan Bravo de la Diputación, resume bien el desconocimiento que, en general, tenemos de aquellos que nos rodean en el día a día y que comparten con nosotros la pared del despacho, la tertulia sobre el partido de la tarde anterior o el mechero con el que nos encendemos un cigarro mientras creemos arreglar un mundo que, en realidad, nos tiene bien aliñados a todos nosotros.
Personas posesivas, personas obsesionadas, personas corruptas, personas supersticiosas, personas dóciles, personas interesadas, personas peligrosas. Da igual que nuestro papel lo interprete un inocente Secun de la Rosa, un histriónico Manolo Solo, un energúmeno Edu Soto, un rebelde Miki Esparbé, un oscuro Pepe Ocio o un condescendiente Manuel Morón; todos, en el fondo, tenemos un secreto, una presión exterior, un sueño, una racha personal insoportable o un deber que termina por eclipsar a nuestra voluntad natural, esa que surge de nuestros impulsos y que acaba silenciada por nuestras reflexiones.
Al final todo es humo, y eso es lo que mostraron ayer sobre las tablas del Juan Bravo los actores que dieron vida a los personajes inventados por Roger Gual y Julio Walovits. Con apenas cuatro mesas de oficina y dos paneles, los seis intérpretes escenificaron cualquiera de las situaciones que se pueden dar en una gran empresa en cualquier momento; desde aquellas que transcurren en la misma puerta de entrada al edificio hasta las que pueden llegar a suceder en el baño, pasando, por supuesto, por las que ocurren entre las cuatro paredes de un despacho, ya sea del director o del contable.
Quizás por este motivo, porque las escenas eran propias de la vida (laboral) misma, el público -que llenó el Teatro- no tuvo pudor ninguno en dejar escapar todas esas risas diferentes de las que hablaba Manolo Solo en una entrevista previa a la actuación. Hubo muchas carcajadas en las líneas en las que tanto el guión como la actuación, especialmente la de Secun de la Rosa y Edu Soto, invitaba a ello, pero también algunas risas nerviosas y solitarias en instantes puntuales de la obra que no tocaban a todos los espectadores por igual. Y es que, con todas aquellas historias puestas sobre la mesa, lo normal era que el público, tan cada uno de su madre y de su padre como los actores, se viese dentro de la trama; a veces mucho y a veces nada.
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